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24 de marzo de 2011

EL HOMBRE DEL MALETÍN



El reloj de la Puerta del Sol marcaba las doce. Hacía un día precioso.
       El hombre subió las escaleras del metro y salió al exterior. Iba trajeado y llevaba un maletín de piel.
      Con paso decidido se encaminó a la Plaza Mayor. Se hizo un hueco entre el nutrido grupo de dibujantes y turistas que la atestaban hasta detenerse frente al monumento a Felipe III. Se desabrochó la chaqueta y aflojó el nudo de su corbata. Dejó el maletín en el suelo, lo abrió y sacó del interior una pluma estilográfica.  
       Pluma en mano, realizó una reverencia de cortesía y extendió los brazos al frente con los ojos cerrados y la barbilla elevada, quedándose inmóvil como una estatua.
        Algunos viandantes le miraron, pero sin prestarle demasiada atención.
       Después de diez minutos, la mano que sostenía la estilográfica se movió en el aire con unos golpecitos secos que fueron creciendo en fuerza y velocidad. El gesto de su cara se transformó en un rictus de labios apretados. Movió la otra mano de igual modo. Al instante el cielo era una muralla de nubes grises que oscureció la ciudad.
       Todos miraron al cielo sobrecogidos.
       Sus manos efectuaron un tempo vivo que estremeció a los nubarrones y un rosario de relámpagos se desató de improviso. Le siguió un trueno ensordecedor. Luego otro y otro más, hasta que gruesas notas de lluvia irrumpieron, a un compás de cuatro tiempos, en una sinfonía inmisericorde.
       La plaza se quedó vacía entre un tumulto de papel canson, carboncillos y caballetes patas arriba. Los soportales estaban repletos de gente, que alucinados, contemplaban al hombre bajo la cortina de agua. Cada uno de sus gestos era un compás perfecto lleno de emociones.  
       No hubo aplausos ni vítores cuando, cuarto de hora después, el improvisado director de nubes se detuvo con solemnidad y saludó al auditorio. A pesar de ello, él sonrió al cielo y éste se abrió en grandes claros. Guardó su estilográfica en el empapado maletín, lo cerró, colocó el nudo de su corbata y se recompuso la arruinada americana y, a paso firme, tal como había llegado, atravesó la plaza, desapareciendo por el Arco de Cuchilleros.


Copyright: Luisa Ferro
Foto sacada de Internet.

19 de febrero de 2011

PERSPECTIVA

Ilustración: Alado, by Luisa Fernández (lápiz sobre papel, en escala de grises).

Terrazas de piedra y granito, jarales a mi derecha serpenteando en dirección a las lagunas. Ni Dios a la vista. Zumbidos de moscardón comiéndome la oreja. Otros bichos sobrevuelan mi sombrero de gangster. Sí, llevo un sombrero a lo Bogart y un pañuelo de pirata anudado a la nuca. Voy armado con dos revólveres; uno en cada brazo y tengo dos alitas de ángel pegadas a mi espalda. Mi chica, que es muy mona y se empeña en dibujarme sobre la piel gilipolleces.

Cuarto de hora después, llega hasta mí un olor penetrante a humo de leña. Proviene de los refugios. Subo un poco más. Los oídos me pitan; bostezo, la presión se reajusta. Enciendo un Camel y me entretengo mirando gatear el humo, cómo se dispersa en el aire formando extrañas volutas. Me cruzo con un par de hippies. Saludan. Aquí todo el mundo lo hace aunque no te conozca, es la educación de la sierra. Un código ancestral que deberíamos trasladar a la selva de los rascacielos.

Así, como el que no quiere la cosa, he llegado a la cumbre. A lo lejos, cencerros habladores; una nube de cuernos dóciles que muge un blues. Me asomo al balcón de rocas. Varios charcos verdes, como cuentas de un collar de esmeraldas, se esparcen en hilera y una miríada de hormigas coloreadas entra, sale; se zambulle. Me siento al borde del precipicio a recrearme en los agujeros del cielo, y es, al bajar la vista, cuando observo un bulto despeñado. Cojo los prismáticos. Bueno, no los cojo; me los dejé en el coche. Entorno los ojos intentando definirlo. Parece que se mueve. Es una mochila, o ese me parece, pero… veo algo a su lado. Creo que es… es… ¡Un niño! Mi respiración se acelera y mi corazón es un martillo. Busco el móvil. Bueno, no lo busco; me acuerdo que también lo dejé en el coche. Miro a mi alrededor intentando encontrar ayuda, pero sólo consigo ver a las hormigas de colores. Grito hacia ellas y aspaviento las manos. Son los nervios. Sé que no pueden oírme. Tomo la decisión de bajar. Me pasan por la cabeza las cosas más terribles mientras preparo el equipo de rapelar. Creo que el pequeño no habrá sobrevivido a la caída. Vuelvo a mirar el despeñadero, y es cuando le oigo. Llora. Está vivo. Ajusto mi arnés, compruebo la cuerda y el sistema de deslizado. Voy para abajo. Suelto y freno a varios metros. El aire arrecia y algo se ha movido. Son sólo sus ropas que ondean por la fuerza del viento. Sigo bajando. Ahora, la distancia que me separa es mínima. El aire redobla su embestida como queriendo advertirme que la pared de roca es sólo suya y yo un intruso que intenta volar a su rebufo. Mi sombrero es el precio a pagar, pero no importa porque sigo escuchando a la pobre criatura. Hago pie. Suelto el mosquetón y corro. El llanto se acrecienta. El bebé está boca abajo; no se mueve, pero balbucea llamando a su madre. Creo que se ha roto la columna. Dudo si tocarlo. El llanto se torna metálico, repetitivo… estúpido… tan imbécil como yo, cuando le doy la vuelta.

Copyright: Luisa Ferro

23 de enero de 2011

MUJER, MADRE SOLTERA, BUSCA



Cuando me quejé en voz alta de la perra vida que llevaba, mi hermana mayor me dijo: «bienvenida al País de las Maravillas, guapa». Pero aquello, lejos de conformarme, me puso de mala leche. Lo de «mal de muchos, consuelo de tontos» me vino a la boca como cuando te repite el chorizo del cocido.


Ya había gastado el paro que me correspondía por mi último empleo temporal de cajera. Las facturas hacían manitas en el cajón de la cocina, amenazando con multiplicarse, y se daban de codazos con los formularios de la prórroga. No podría pagar ni el alquiler, y Alberto, mi hijo, acababa de dar el estirón de los dos años. Sinceramente, echaba de menos a otra hermana mayor, pero con niños, que me dejase en herencia todo un repertorio de ropita usada. Es por eso que mi madre, como buena rastreadora que es, siempre llega en el momento preciso con todo un arsenal de comida dispensada en prácticos tupper congelables, y cómo si tuviese el don de la clarividencia o la curva del percentil de mi hijo en uno de los bolsillos de sus vaqueros; me compra zapatitos y algunos trajes.


Y es que a mí no me gusta depender de ella, porque es viuda y cobra una mísera pensión, ni escuchar la misma frase cada fin de mes: «hija, sabes que puedes regresar a casa cuando quieras. Ya nos las apañaremos».


Yo lo que necesito es trabajo y que no suban el recibo de la luz (más de veinte euros al mes), que no me inflen a impuestos con la gasolina y el tabaco (aunque haya tenido que vender el coche y dejar de fumar), y que los precios no estén por las nubes cuando los sueldos se parten de risa, tirados por el suelo.


Quiero que dejen de visitarme más Testigos de Jehová con sus trajes impecables y que no me llamen números desconocido (que luego resulta ser una señorita con ganas de que te cambies de compañía telefónica o vendiéndote algo). Y tampoco, que las cadenas de televisión gratuitas me sometan a tortura a cambio de poder evadirme un poco con alguna película o serie (ya está bien, que vamos a acabar lobotomizados. Que controlen la emisión de anuncios de una buena vez. Es vergonzoso los beneficios de algunas cadenas a costa de los pobres que no tenemos para pagar una televisión privada). Ni me gusta que todo mi correo sean facturas o propaganda y aporreen mi puerta mujeres desesperadas exigiéndome una limosna para alimentar a sus hijos; que se me parte el alma de impotencia.


Quiero recibir cartas perfumadas que huelan a Han Solo o a Aragorn, y me visiten otros testigos (si están buenos mejor) y que me llamen todos los días números desconocidos de gente interesante que sepa contarme historias. Es más, voy a concertar una entrevista con el gato de Alicia a ver qué se cuenta. A lo mejor puede venderme un billete barato para el otro lado del espejo. Creo que allí los niños no necesitan más que un trocito de hongo para crecer y pueden celebrar todos los días su fiesta de «no cumpleaños».




Copyright: Luisa Fernández


Foto extraída de Internet.

4 de enero de 2011

AISAR, la Ciudad Oscura



Baaner subió los 2011 escalones de la torre más alta de Aisar. Abrió la puerta con una de las 12 llaves que llevaba colgadas del cuello y prendió las 365 velas que descansaban sobre la rueda giratoria del faro. Las luces se multiplicaron gracias a 8.766 espejuelos que las propagaron como una sola vela a través de la lucerna central, liberando el amanecer sobre la Ciudad Oscura.


Los ciegos habitantes de Aisar sintieron en sus rostros el calor de esa nueva aurora y percibieron que algo en el interior de sus relojes-esferas comenzaba a latir. Lentamente el fluido de sus conductos se licuó y pasó a través de los engranajes, bujías y ruedecillas de los esqueletos estéticos hasta que sus pupilas fueron despertando de un letargo de siglos, y pudieron contemplar aquel extraño albor en toda su plenitud.


Baaner miró a todos aquellos seres que acababan de cobrar vida y sonrió. Cogió la pluma del destino y el papel del cambio y escribió con su mejor letra:


«Día 1, primer mes del nuevo comienzo»

Copyright: Luisa Fernández

Foto extraída de Internet.

2 de diciembre de 2010

LA LÍNEA




De nuevo son más de las seis de la mañana y el tren que me lleva dos veces por semana al hospital va atestado de gente. Me acompañan en mi recorrido el olor de los sueños inalcanzables que no tuvieron tiempo o ganas de bañarse. La modorra de un nuevo día se despereza mostrándonos sin pudor su desnudez; las carnes de los excesos y las ojeras de una trasnochadora empedernida que tampoco se ha acordado de darse una ducha. Madrid crece a la sombra de los edificios, de las aceras, de los desangelados que perdieron un día el Norte y buscan su refugio en el fondo de una caja de cartón. Me da por pensar cosas raras cuando estoy de lunes. Divago como una vieja gata que ya parió todas las camadas del mundo y se lame el pelaje raído, mirando su reflejo en el último charco de su vida. Pero no es agua lo que tengo bajo mis pies, es el asfalto de una carretera que señala mi último camino. El mismo de los últimos seis meses, pero esta vez no hay regreso a la caída de la tarde.



Copyright: Luisa Fernández


Fotos extraídas de Internet.


6 de julio de 2010

SECRETOS




Tardé mucho en comprender el motivo por el cual mi mejor amigo era tan dado a tener secretos. Nunca hablaba de su familia, ni tampoco nos llevaba a su casa. Siempre era el primero en idear alguna pifia para divertirnos: quemar ratas, pinchar neumáticos, hasta creo que aquello de meterse en las casas a robar fue cosa suya. Pero lo que más me gustaba de él eran sus historias. Era un verdadero cuentista. Nuestra imaginación buceaba por ellas haciéndonos viajar hacia mundos desconocidos y maravillosos de paladines y princesas, dragones y magos. Guerreros. Todo un mundo construido para nosotros, sus oyentes.


Luego, el paso de los años nos separó. Yo acabé el bachillerato a fuerza de tirones de oreja y él cumplió su primera condena en un correccional para menores. Asalto con resultado de muerte accidental.


Fue mucho después, por casualidad, y ya terminando mis prácticas hospitalarias en un centro siquiátrico, cuando supe de él. Su infancia fue un vía crucis de maltrato y violaciones sistemáticas por parte de su padrastro. Su madre había muerto cuando él tenía seis años y su padre biológico rechazó su custodia, dejándolo totalmente desamparado en manos de aquel verdugo que ostentaba el título oficial de padre. Miguel había pasado por tantas instituciones siquiátricas, que ya no quedaba nada del muchacho que yo conocí.



Ahora, mientras le veo en la boca del metro exigiendo dinero a los viandantes para una nueva dosis de heroína con la que apaciguar al extraño que lo habita, oigo el crepitar de su voz como la de un viejo animal herido al que hicieron crecer a fuerza de palos. La escucho impotente desde aquí, desde el lado bueno de la acera.



Copyright: Luisa Fernández


Fotografía extraída de Internet

29 de junio de 2010

TUS OJOS


En el Galway Irish nada era lo que parecía. Ni el halo añejo, ni las pátinas de sus paredes, ni la luz mortecina que imitaba un pub irlandés; incluso el suelo, que parecía tener mil años, era nuevo. Lo único viejo, viejísimo, era Manolo el encargado y el whiskey de malta.

Pero algo en el bar sí era auténtico; ella, Cora.  
        Tenía apenas veinte años, pero una arruga gestual en su entrecejo le confería ese aire indolente de las mujeres que conocen ya demasiados secretos de la vida y a las que resultaría difícil sorprender. Era morena. Sus labios hacían juego con la sombra de sus párpados oscuros. Y sus ojos…
¿Cómo eran sus ojos? 
         En los minutos de descanso solía sentarse sobre unas cajas de cerveza, al fondo del almacén. Se encendía un cigarrillo y no hablaba con nadie. Casi siempre leía un libro. De vez en cuando enarcaba una ceja o torcía el gesto sin levantar la vista de las páginas. Las pocas veces que me atreví a dirigirle la palabra, me respondía como temiendo que su voz fuera a salir volando de su garganta, y nunca, nunca, me miraba.
¿Qué lees? le pregunté armándome de valor. 
Una historia de vampiros. 
—Pero si son absurdas… ¿por qué lees eso? 
Porque la vida también es absurda y, sin embargo, aquí estamos, respirando como imbéciles.  
         Me dejó clavado. No supe que responder. Cerró su libro y lo dejó junto al paquete de tabaco, marchándose sin más.  
         Seguí su recorrido hasta la puerta del almacén, tal vez esperando un pequeño gesto de atención por su parte; un «adiós», un «hasta luego», pero nada. Sacudí la cabeza. No había estado fino.  
         Manolo, que ya volvía también a su puesto, me pasó el brazo por el hombro y chasqueó la lengua.    
         —No se lo tomes a mal. Es así con todos. Pero te aseguro que detrás de todo ese escaparate de autosuficiencia hay una guapísima mujer esperando ser rescatada de ella misma.  
         Me guiñó un ojo y se marchó. 
         Se debió de quedar a gusto diciéndome aquello.    
         Al llegar a la barra, uno de los camareros forcejeaba con un borracho que estaba molestando a unos clientes. Les pedía dinero. Manolo y un asiduo del bar lo sacaron de allí. El hombre la emprendió a patadas con la puerta.  
         Fue cuando Cora se acercó a mí con gesto urgente. Llevaba en la mano una botella de coñac. 
         —¿Te importaría salir y darle esto? Se marchará sin armar bronca.  
         —¿Lo conoces?  
         —Dásela, por favor, y no me hagas más preguntas.  
         Y pude ver al fin aquellos ojos que escondía detrás de todos esos libros. Eran tan sinceros como la súplica silenciosa que encerraban. 
         —Está bien, Cora, pero así no le haces ningún favor. Es un pobre diablo. 
         Hundió de nuevo la mirada en el suelo antes de responderme con voz dura. 
         —Te equivocas. Quiero que siga siendo un pobre diablo y que esté tan borracho que no recuerde ni cómo me llamo.  

© Luisa Ferro

Foto sacada de Internet

16 de junio de 2010

HOGARES AMBULANTES



Ha llovido toda la noche. He colgado el póster de Robert Pattison en la pared de mi nuevo cuarto. Es mucho más pequeño que el anterior. Las paredes están recién pintadas, pero debajo de esa capa blanca de pintura se aprecian los desconchones del gotelé. El armario es exacto al de mi abuela. Una antigualla de franjas siniestras que parecen tener ojos. La lámpara lo mismo, tiene muchos cristales. Recuerdo que de pequeña me gustaban los colores que despedían al sol, pero ahora los odio. Igual que las cortinas de flores desgastadas que hacen juego con el edredón. Son cutres y tienen un olor a rancio que se clava en la garganta y no me deja respirar. Pero no me quejo delante de mi madre. Ya me ha dicho: «tienes que tener todo metido en las bolsas. Los libros en las cajas. Cosa que dejes fuera, cosa que se quedará donde está. No podrás volver a recogerlo». Bastante tiene ella con encontrar un sitio donde dormir y buscar un nuevo empleo. Seguro que no tardará en llegar con el uniforme de algún burger.


Ella es médica. Trabajaba en un hospital. Vivíamos en un edificio con piscina y jardínes. Yo tenía amigos. Y ahora… ahora, nada tiene que ver con lo que dejamos atrás. Muchas veces me pregunto el por qué de todo esto y la respuesta llega hasta mí, latiéndome en la garganta, sin atreverme a pronunciar el nombre del culpable. Hace dos años que vamos de ciudad en ciudad. Y esta vez no quiero escuchar a mi madre la puñetera frase: «sabe dónde vivimos». No quiero.


Luisa Fernández

Fotografía extraída de Internet.

19 de mayo de 2010

EL BURRO DEL TÍO FLORO

A la memoria de Rafael Cabañas San Antonio, uno de los hombres más buenos y honrados con el que tuve la suerte de toparme. Que allá donde esté le reciban como se merece.




Nada como Madrid. Miles de almas cobijadas bajo el mismo techo de estrellas. Un techo al que llaman cielo. El cielo de Madrid. Aquel que se derrama sobre sus edificios históricos y sus barrios más castizos.


Embajadores despierta a un nuevo día en una atmósfera de pavesa, y despunta en los aleros de escarcha diamantina. Su aroma es el que desgrama la leña y el carbón de coz y su sonido el vocerío de los patios y las largas colas al retrete comunitario. Un aderezo de chiquillos repeinados y mocos colgando, de mujeres baldeando ropa en los lavaderos y la copla que acompaña a la cocinera de la taberna de la esquina. La taberna. Centro neurálgico del barrio. Corazón que late a ritmo de sus habitantes y que junto con el único aparato de radio de la manzana, reúnen a los parroquianos en su núcleo.


Don Pascual y doña Concha, son los que regentan el bar. Ella es la patrona con más arte culinario de la zona. Ya de madrugada, cuando todavía los gorriones no han comenzado con su algarabía y las telarañas de la neblina no se han despegado de los balcones cenicientos, ella irrumpe como el tranvía que recorre la calle Delicias: con sombrero de flores y la cesta cargada de pescados y verduras. Su especialidad; la sangre encebollada, y digo sangre sin especificar si es de cerdo o de cordero, por que le da igual. La prepara con finas y transparentes tajadas de cebolla y un poco de tomate. Fetén, que diría cualquier gato. Y es que, no nos olvidemos que estamos hablando del año cuarenta y seis. En el qué hasta las castañas asadas; saben a jamón de jabugo lentamente horneadas en picón de encina. La señora Concha llena los ojos a los parroquianos con sus raciones de oreja, de callos y pajaritos fritos, todas en hilera sobre un mostrador inmaculado. Pascual, sirve los chatos de vino y te pone una tapa de lo que más rabia le dé en ese momento. Pero lo qué más pide la gente, es la sangre con cebolla. El encargado de traerla es Rafael, el muchacho del quinto exterior izquierda, del cual echan mano tres veces en semana para ayudarles. Él va al matadero; lunes, miércoles y viernes. No queda lejos, en Legazpi. Lleva de cada mano unas latas de pintura vacías y bien lavadas, a la que ha colocado unas cuerdas para poderlas asir. Cuando llega del tranvía con los cubos llenos, los parroquianos siempre le vocean la misma cantinela: ¿Qué, ya vienes del matadero con la sangre del burro del tío Floro, al que arrolló el tren? Y se ríen a conciencia. Rafael les mira y cabecea, luego les contesta: Sí, ya me la han puesto toda, sin dejar ni una gota. Esos días hacen cola en la barra del bar, por que saben que una vez que Concha termine de cocinarla, se acabará en menos que tarda un cura en echar la bendición.


No siempre hay sangre en el matadero. A veces Rafael llega con las manos vacías. Hubo un mes, en el que no consiguió traerla ni un solo día y los vecinos se impacientaban ante tanta mala suerte. Don Román, uno de los traperos más opulentos de la zona, le dijo con los ojillos entrecerrados: ¡Cómo hoy no traigas sangre, ya veremos lo que te hago…! A él le temblaron las rodillas sólo de pensarlo.


Cuando llegó del degolladero no hizo falta preguntarle si la había conseguido. Bastaba con mirar el sudor de su frente y el andar dificultoso, para saber que venía bien cargado. No tardaron en lanzarle aquello de: ¿Ya vienes con la sangre del burro del tío Floro, al que arrolló el tren? Él cabeceó con una sonrisa y no contestó.


Más tarde, mientras discernía los rostros de satisfacción de los clientes al degustar tan ansiado manjar, acudían a su mente las palabras del matarife cuando horas antes estuvo en el matadero: No tenemos sangre, se la ha llevado toda uno de la Plaza de la Cebada, cómo no quieras la del burro que nos acaban de traer para sacrificarlo… y ante la visión del asno, completamente enflaquecido y sarnoso, Rafael dijo: Pórgamela toda, sin dejar ni una gota.



Copyright: Luisa Fernández

Foto extraída de Internet

1 de mayo de 2010

CLASE DE «CONO»




Dana observaba con curiosidad la imagen borrosa que proyectaba la lente. El profesor Niliun programó las órdenes en el teclado y al segundo, la imagen se volvió nítida en el gran telescopio.

—Niños, este planeta que estamos viendo es la Tierra, también llamado Planeta Azul. Su atmósfera está compuesta principalmente por oxígeno. Sus tres cuartas partes son agua ¿Alguno de vosotros sabe qué significa esto?

Dana se giró hacia la pantalla de agua y tocó su superficie levemente. Sonó un pitido.

«Respuesta desde Óxiron, cuadrante K-12, profesor Niliun» informó la imagen holográfica, mientras el maestro se servía un café de la máquina expendedora. Miró la pantalla correspondiente a esos datos.

¿Sí, Dana?

Que su atmósfera es compatible con la vida.

Muy bien le respondió—. No sólo es compatible con la vida, sino que alberga más de un millón de especies distintas. Sus diferentes ecosistemas permiten la supervivencia de animales, plantas y microorganismos.

Dana volvió a tocar la pantalla.

¿Hay vida inteligente? preguntó con curiosidad.

Sí… se podría decir que sí. En los estudios realizados al respecto, han llegado a la conclusión de que los seres humanos, como se llaman a sí mismos, son inteligentes. Han conseguido, a través de los siglos, ser capaces de sobrevivir a un medio hostil utilizando el razonamiento. Perduraron a los dinosaurios, a las glaciaciones y a todo tipo de catástrofes naturales. Ya en nuestros primeros estudios, el hombre primitivo aprendió a servirse de útiles de piedra para dar muerte a los animales y alimentarse. Descubrieron el fuego y cómo utilizarlo en su beneficio. Vivian en grupo. Está demostrado que se organizaban para la caza y se comunicaban no sólo gestualmente, sino usando el lenguaje oral. La vida del ser humano ha sido un largo recorrido hasta nuestros días, en los que han aprendido a cooperar los unos con los otros.

La niña sonrió. Dio un nuevo toque.

Entonces, son bastante parecidos a nosotros ¿No es así?

Sí, en cierto modo. Se toman muy en serio la vida humana. Para ellos tiene un valor fundamental, no dudan en recurrir a la razón para protegerla. Por y para la vida, el hombre esgrime cualquier ley.

Otro pitido interrumpió el discurso del maestro.

Entonces, el ser humano es excepcional ¿Cómo es que no hemos estudiado este planeta hasta sexto curso? ¿Por qué no hacemos viajes a la Tierra y compartimos con ellos nuestra cultura?

El profesor carraspeó.

Bueno… Nosotros también damos un gran valor a la vida, pero ellos no dudarían en extinguir a otra especie para su supervivencia. No vacilaría en aniquilar a otro pueblo. No les temblaría la mano al arrasar los bosques y los mares hasta agotar todos los recursos de los que dispone su planeta. Verás, Dana, es complicado explicarte esta cuestión. Nuestra especie ha sobrevivido, al igual que el hombre, a todo tipo de catástrofes naturales. También perduramos a los dinosaurios y nos organizamos para la caza. Tardamos más que ellos en utilizar el lenguaje oral, pero terminamos haciéndolo. Nuestra trayectoria ha sido muy parecida, pero hay muchas diferencias entre nosotros. Ellos utilizan el miedo para alcanzar sus objetivos. No dudan en hacer uso de ese instinto de supervivencia para atemorizar a sus semejantes y salirse con la suya. Lo convierten en terror. Ponen bombas, asesinan, hieren y coaccionan. Unos pocos, quieren manipular a la gran mayoría. Una sociedad aterrorizada, es más manejable. Si viven con miedo la libertad no existe y sin ella no hay justicia y sin igualdad… Vamos; que sus vidas son una paradoja, un circulo vicioso.

Se hizo el silencio por espacio de varios minutos. Dana, volvió a tocar la pantalla de agua.

Profesor Niliun, no lo entiendo afirmó con gesto ceñudo—. Por más que lo intento, no logro comprender el concepto de la palabra «terror».

Y así debe ser. Hizo una pausa y cambió la imagen del telescopio a otro planeta del Sistema Solar Ahora nos detendremos en el planeta Júpiter.




Copyright: Luisa Fernández

Foto: extraída de Internet.


25 de febrero de 2010

INVASIÓN EXTRATERRESTRE



Hacía varias horas que caminaban en círculos sobre un terreno abrupto. Todo estaba oscuro. Aquella tierra extraña hedía. Era un olor sulfuroso, como a amoniaco puro. De vez en cuando llegaban ráfagas fétidas que Hill no supo identificar. Apretó el botón de su wit y una vocecilla en “rotuliano” le respondió que aquel olor era, simplemente, orgánico. Jamás había olido nada tan asqueroso. Mal comienzo. Some elevó la vista hacia el cielo. Ni siquiera se veían las estrellas. Una nube indeterminada lo cubría todo. Se intuían unos globos luminiscentes flotando en ella. La misma vocecilla le dictó que se trataba de “fuego”, luz y calor proveniente de la combustión. Fogatas.


Tras un montículo terroso algo se les vino encima. Faltaron pocos milímetros para que aquella bestia, que resollaba entre estertores, les aplastara. Hill se agarró a Some para no caer. Él aleteó con sus cuatro brazos, antes de asirse a lo primero que encontró. Cuándo quiso darse cuenta, ya estaba colgando de aquellos filamentos extraños que sobresalían de la bestia. “Es un perro dijo la voz de su wit: mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diverso, según razas. Tiene olfato muy fino y es inteligente, muy leal al hombre”.


¿Hombre? preguntó Some con gran curiosidad, mientras ayudaba a Hill a encaramarse a los filamentos.


“Seres humanos”, desgranó su wit. “Ser animado, racional, hombre o mujer. Son ese numeroso grupo que tenemos delante, alrededor de las fogatas. Son jóvenes. Adolescentes, les llaman”.


El perro se detuvo al llegar hasta ellos y meneó el rabo mostrando alegría. Uno de los muchachos le dio a beber de una de las botellas, de la que él mismo había dado un trago largo. Hill los miró con curiosidad, parecían idos, ausentes. Se comportaban como primates. Cantaban y reían estentóreamente.


El wit escupió un haz de luz del cual surgieron imágenes holográficas que restallaban a gran velocidad. “Se reúnen en manadas para llevar a cabo el rito del Botellón, que consiste en elevar ofrendas con bebidas espiritosas y quemar hierbas. Creo que son dádivas a una tal María. La nombran en uno de sus libros: La Santa Biblia. También hablan, y mucho, de un tal Dios”. El wit desgranó un rosario de pitidos. Parecía estar buscando más información. La vocecilla rotuliana se dejó oír de nuevo. “Hombres: criaturas creadas por Dios a su imagen y semejanza”.


Some miró con detenimiento a aquel grupo numeroso. Uno de ellos se había subido encima de unas piedras y le aullaba a la luna, mientras los demás le seguían el juego como una clac rabiosa y ladraban como demonios embravecidos. Otros maullaban, y los demás se habían enzarzado en una loca persecución campo a través, para agarrar al perro por el rabo.


Hill y Some, tuvieron que agarrarse con todas sus fuerzas al pelo del animal para no salir despedidos por los aires. Después de diez minutos, los muchachos se aburrieron y le lanzaron piedras. El sabueso logró escabullirse perdiéndose en la oscuridad.


Some miró a Hill.


O sea, que ese tal Dios es un capullo afirmó decepcionado, mientras apretaba un botón y hablaba a través de su wit a la nave nodriza: abortar misión. Repito: abortar misión. Estos humanos van a terminar igual que nosotros; con una mano delante y tres detrás.




Copyright: Luisa Fernández



Este relato fue seleccionado como finalista en el I CERTAMEN LITERARIO THElunes.




Foto: galaxy-player.blogspot.com/


30 de enero de 2010

EL JINETE ELÉCTRICO


Siempre que pienso en el pasado El Jinete Eléctrico acude a mí. Al instante, te veo comiendo palomitas de colores y lamiendo con tu lengua los restos adheridos a tus labios. Luego, bajo la vista en la oscuridad y, sin querer, mis ojos se escurren como hipnotizados por el imán de tu minifalda.



No sé que me llevó a apearme del metro aquella tarde. Creo que la absurda testarudez. Acababa de recibir una llamada de Begoña, recomendándome que no llegara tarde. Que sus padres nos esperaban para cenar. Que no me olvidara que estaban haciéndonos un favor prestándonos todo ese dinero. Creo que, en el preciso instante en el que ella, con su voz de anatómica forense, me dio la última instrucción: “Acércate a la Mallorquina y compra un kilo de pasteles”, se me cruzaron los cables. Fue pensar: “cena” y “padres”, y algo dentro de mí se desató. Sería eso, o que el metro acababa de entrar en la estación de Pueblo Nuevo y llegó hasta mí ese olor extraño que tienen los recuerdos.


Sin saber cómo, mis pies me llevaron hasta la calle de Alcalá, a la altura de Quintana. Busqué con la mirada el cine, pero no lo encontré. En su lugar había una tienda de muebles. Se me cayó el alma a los pies. Sentí que los años se me pegaban a la espalda y me roían los cartílagos. Me sentí viejo, frustrado. El niño que habita en mí, despertó. Me habían arrancado mi infancia a golpe de excavadora. Pegué mi nariz al cristal, como solía hacer en la tienda de golosinas del Cojo. No sé si intentando con futilidad, que aquel vidrio acorazado del escaparate desgranara mi infancia robada. Y algo debí hacer bien porque, al instante, los sofás orejeros comenzaron a moverse. Se alinearon, como las filas de un cine. Las luces se amortiguaron. Escuchaba los chistos de los adultos pidiendo silencio y, de frente, el iris de la pantalla invitándote al pase de las cinco, guiñando su ojo de cíclope.


¿Te gusta la peli? me susurraste al oído.


Un escalofrío me recorrió la espalda. Hoy sé, que no fue frío.


Me parece un rollazo te respondí bajito. El Redfor es un guaperas, pero la Fonda está muy buena.


Te reíste tapándote la boca. Luego volviste a asibilar en mi oído como una serpiente.


¿Más que yo?


¡Nooo, qué va! me apresuré a decir.


Cruzaste las piernas con un gesto calibrado. Medido hasta sus últimas consecuencias. Yo intenté pasarte el brazo por los hombros, pero no llegaba. Me arrodillé en el asiento, y te acurrucaste sin decir nada. Seguiste mirando la pantalla como si el peso de mi mano en tu hombro fuera una pluma. Entonces recordé las instrucciones de mi amigo Ernesto: “El silencio es la señal. Si no dice nada, debes actuar”, y de paso recordé quién se las había dado: su hermano mayor, el rompe corazones del barrio. Si a él le daba resultado, a mí también me lo daría. En ese momento, instantes después de que te hicieses la loca, fui el chico más feliz del mundo ¡Qué digo el chico!, el hombre. Inflé tanto el pecho, que a punto estuve de hiperventilar. Mi corazón parecía una ametralladora. Cuando descansaste tu cabeza en el hueco de mi axila, sentí calambres en el estómago, creo que hasta nauseas. Luego se fueron apaciguando, justo cuando tu mano rozó mi bragueta. Cuando escuché el chirrido de la cremallera al bajarse, no me lo creía. En cuestión de segundos, y sin darme tiempo a cuestionarme nada, sentí que me elevaba a las alturas. Subí a la montaña rusa sin dar la talla. Creo que alcancé el record de precocidad, ya establecido por el primo de mi amigo Ernesto: tres segundos. Los mejores tres segundos de mi corta vida. Después, me ofreciste tu pañuelo bordado de margaritas. Miré la pantalla haciéndome el disimulado. El jinete eléctrico cabalgaba con su pantalón lleno de luces de colores que echaban chispas.


Los instantes que robamos al pasado duran poco. Una vieja extraviada me preguntó por una mercería. Mis tres segundos de gloria, se habían esfumado. La miré con condescendencia y le señalé que cruzara la calle hasta la plaza de Quintana. El puñetazo que me dio la realidad, me puso en mi sitio. Volví a sentir la dentellada de los años y la estafa.


Después de la cena con mis suegros regresamos a casa. Begoña seguía con su retahíla de reproches hacia mi persona. Me senté en el sofá, cogí una película de la estantería, y conecté el video intentando con ello que el eco de su voz se perdiera con la banda sonora. Y debió funcionar porque se fue a dormir malhumorada. Yo volví a cabalgar con El Jinete eléctrico, y a la fila de los mancos con la novia de mi hermano Enrique.




Copyright: Luisa Fernández

Fotos estraídas de Internet.


4 de enero de 2010

EL POLO DE LIMÓN



La primera vez que te vi, pensé que eras lo más precioso que mis ojos habían visto jamás. Llevabas un vestido azul cortado a la cadera con un ancho lazo de raso y mangas de farol que dejaba ver tus brazos perfectos. Tus zapatos eran blancos como los de comunión, y tus medias caladas. Recuerdo que al agacharte a recoger la moneda que se te cayó, se te vieron las bragas. También eran blancas, y un diminuto encaje asomó al dobladillo de tu falda. Tengo grabado a fuego tu pelo castaño claro sujeto por unas trenzas y tus ojos dorados. Jamás he vuelto a ver ojos como los tuyos. Ni verdes ni castaños; oro líquido brotando de un rostro bronceado de callejear. Era domingo, y el sol estaba alto en el cielo. Me dijiste:


¿Está cerrado? tu voz era cristal.


Y te miré como se mira el mar cuando se descubre por primera vez, con la pasión salvaje de un náufrago que ignora que se verá devorado por él.


Lo está. Es la hora de comer te dije intentando que mi voz no se quebrara por la emoción. Pero para ti está abierto. Ven, entra.


Sonreíste. Y tus dientes brillaron blancos, purísimos. No dudaste un segundo, y a un gesto de mi mano escuché tus pasos rítmicos acercándose hasta mí. Pero no me mirabas. Tus preciosos ojos se perdían en el cartel anunciador que tenía clavado en el cerco del puesto. Se movían ansiosos a través de las fotografías de los helados. Tu dedo se detuvo en una de ellas.


Quiero uno de limón indicaste, mostrándome la moneda. ¿Cuánto vale?


¿Cuánto tienes? sonreí.


Un duro.


¿Sólo un duro?


No tengo nada más enarcaste las cejas, creo que desalentada.


Me levanté despacio.


Ven, acércate susurré.


Te mordiste el labio nerviosamente.


Si quieres, podemos hacer un trato. ¿Cómo te llamas?


Laura Ortega Vivas… dijiste de carrerilla, acunándote como si tu nombre fuese la letra de una canción infantil.


Llevas un vestido muy bonito, Laura.


Me lo ha hecho mi madre.


Y toqué su trama suave con un hormigueo en mis dedos. Un escalofrío me recorrió la espalda. Abrí la cámara frigorífica y saqué el polo de limón. Te lo enseñé y me senté de nuevo en la banqueta. Luego le quité el papel y te lo ofrecí.


Ven aquí, Laura.


Obedeciste echándote el pelo hacia atrás. Parecías una pequeña Helena griega.


Toma. Te lo regalo, pero con una condición.


Tus ojos se iluminaron y asentiste con fuerza al tiempo que cogías el helado con gesto rápido.


Tienes que tomártelo aquí. No quiero que nadie sepa que te lo he dado. Si alguien se enterara, vendrían a pedirme. Mira te dije, señalando la puerta, voy a cerrar con pestillo para que no puedan verte. ¿Te parece bien?


Asentiste de nuevo, mientras tu lengua lamía el hielo adherido al polo. Luego volví a sentarme en la banqueta y te atraje hacia mí con delicadeza. No quería que te espantara el tacto de mis manos ásperas por debajo de tu graciosa falda. Y pensé que me recordabas demasiado a mi hija Anita. Demasiado.




Copyright: Luisa Fernández


Foto extraída de Internet.