19 de febrero de 2011

PERSPECTIVA

Ilustración: Alado, by Luisa Fernández (lápiz sobre papel, en escala de grises).

Terrazas de piedra y granito, jarales a mi derecha serpenteando en dirección a las lagunas. Ni Dios a la vista. Zumbidos de moscardón comiéndome la oreja. Otros bichos sobrevuelan mi sombrero de gangster. Sí, llevo un sombrero a lo Bogart y un pañuelo de pirata anudado a la nuca. Voy armado con dos revólveres; uno en cada brazo y tengo dos alitas de ángel pegadas a mi espalda. Mi chica, que es muy mona y se empeña en dibujarme sobre la piel gilipolleces.

Cuarto de hora después, llega hasta mí un olor penetrante a humo de leña. Proviene de los refugios. Subo un poco más. Los oídos me pitan; bostezo, la presión se reajusta. Enciendo un Camel y me entretengo mirando gatear el humo, cómo se dispersa en el aire formando extrañas volutas. Me cruzo con un par de hippies. Saludan. Aquí todo el mundo lo hace aunque no te conozca, es la educación de la sierra. Un código ancestral que deberíamos trasladar a la selva de los rascacielos.

Así, como el que no quiere la cosa, he llegado a la cumbre. A lo lejos, cencerros habladores; una nube de cuernos dóciles que muge un blues. Me asomo al balcón de rocas. Varios charcos verdes, como cuentas de un collar de esmeraldas, se esparcen en hilera y una miríada de hormigas coloreadas entra, sale; se zambulle. Me siento al borde del precipicio a recrearme en los agujeros del cielo, y es, al bajar la vista, cuando observo un bulto despeñado. Cojo los prismáticos. Bueno, no los cojo; me los dejé en el coche. Entorno los ojos intentando definirlo. Parece que se mueve. Es una mochila, o ese me parece, pero… veo algo a su lado. Creo que es… es… ¡Un niño! Mi respiración se acelera y mi corazón es un martillo. Busco el móvil. Bueno, no lo busco; me acuerdo que también lo dejé en el coche. Miro a mi alrededor intentando encontrar ayuda, pero sólo consigo ver a las hormigas de colores. Grito hacia ellas y aspaviento las manos. Son los nervios. Sé que no pueden oírme. Tomo la decisión de bajar. Me pasan por la cabeza las cosas más terribles mientras preparo el equipo de rapelar. Creo que el pequeño no habrá sobrevivido a la caída. Vuelvo a mirar el despeñadero, y es cuando le oigo. Llora. Está vivo. Ajusto mi arnés, compruebo la cuerda y el sistema de deslizado. Voy para abajo. Suelto y freno a varios metros. El aire arrecia y algo se ha movido. Son sólo sus ropas que ondean por la fuerza del viento. Sigo bajando. Ahora, la distancia que me separa es mínima. El aire redobla su embestida como queriendo advertirme que la pared de roca es sólo suya y yo un intruso que intenta volar a su rebufo. Mi sombrero es el precio a pagar, pero no importa porque sigo escuchando a la pobre criatura. Hago pie. Suelto el mosquetón y corro. El llanto se acrecienta. El bebé está boca abajo; no se mueve, pero balbucea llamando a su madre. Creo que se ha roto la columna. Dudo si tocarlo. El llanto se torna metálico, repetitivo… estúpido… tan imbécil como yo, cuando le doy la vuelta.

Copyright: Luisa Fernández