29 de junio de 2010

TUS OJOS





En el Galway Irish nada era lo que aparentaba ser. Ni el halo añejo, ni las pátinas de sus paredes, ni la luz mortecina que imitaba un pub irlandés brumoso; incluso el suelo, que parecía tener mil años, era nuevo. Lo único viejo, viejísimo, era Manolo el encargado y el whisky de malta. Pero algo en el bar sí era auténtico; ella, Cora.

Tenía apenas veinte años, pero una arruga gestual en su entrecejo le hacía parecer mayor, confiriéndole ese aire indolente de las mujeres que conocen ya demasiados secretos de la vida y a las que resultaría difícil sorprender. Era morena. Sus labios hacían juego con la sombra de sus párpados oscuros. Y sus ojos… ¿cómo eran sus ojos?

En los minutos de descanso que nos daba Manolo, solía sentarse al fondo del almacén en unas cajas de cerveza. Se encendía un cigarrillo y no hablaba con nadie. Casi siempre leía un libro. De vez en cuando enarcaba una ceja y otras torcía el gesto, sin levantar la vista de las páginas. Las pocas veces que me atreví a dirigirle la palabra ella me respondía como temiendo que su voz fuera a salir volando de su garganta, y nunca me miraba.

¿Qué lees? le pregunté, armándome de valor una vez más.

Absurdas historias de vampiros.

Si son absurdas, ¿por qué las lees?

Porque la vida también es absurda y, sin embargo, aquí estamos; respirando como imbéciles.

Me dijo aquello sin despegar los ojos de su lectura. Y yo no supe que responder. Me dejó clavado. Luego la reclamaron desde la cocina. Cerró su libro y lo dejó junto al paquete de tabaco, marchándose sin más. Seguí su recorrido hasta perderla tras la puerta del almacén, tal vez esperando un pequeño gesto de atención por su parte; un adiós, un hasta luego, pero no llegó. Sacudí la cabeza, decepcionado.

Manolo, que ya volvía también a su puesto, me pasó el brazo por el hombro y chasqueó la lengua.

No se lo tomes a mal. Es así con todos. Sonrió mientras me daba varias palmaditas en la espalda—. Pero te aseguro que detrás de todo ese escaparate de autosuficiencia, hay una guapísima mujer esperando ser rescatada de ella misma.

Me guiñó un ojo con gesto procaz y se marchó.

Cuando llegué a la barra, uno de los camareros forcejeaba con un borracho que estaba molestando a unos clientes pidiéndoles dinero. Manolo y un asiduo del bar acudieron en su ayuda y entre todos le sacaron de allí. El hombre la emprendió a patadas con la puerta.

Fue cuando Cora se acercó a mí con gesto urgente. Llevaba en la mano una botella de coñac.

¿Te importaría salir y darle esto? me preguntó mientras me tendía la botella. Sólo dásela y se marchará sin armar bronca.

¿Le conoces? pregunté sorprendido por su petición.

Dásela, por favor, y no me hagas más preguntas.

Y puede ver al fin aquellos ojos que escondía detrás de todos esos libros. Eran tan sinceros como la súplica silenciosa que encerraban.

Está bien, Cora, pero así no le haces ningún favor. Es un pobre diablo.

Hundió de nuevo la mirada en el suelo antes de responderme con una voz extrañamente dura.

Te equivocas. Quiero que siga siendo un pobre diablo y que esté tan borracho que no recuerde ni cómo me llamo.



Copyright: Luisa Fernández


Fotografía extraída de Internet