15 de enero de 2010

RELATOS DE ACCIÓN





A LOMOS DEL ACERO



Detroit divisó a lo lejos el túnel. Se colocó las gafas oscuras. Se puso los cascos de su m.p.3 y profirió un alarido lobuno al escuchar la banda sonora de la película La muerte tenía un precio. Después se ajustó sus guantes de cuero negro con la misma pretensión que Harry El Sucio al desenfundar su mágnum del 44. Luego, bailoteó para desentumecer los músculos. Aquel hijo de perra le había dejado molido. Se tentó la mandíbula y negó al aire frío que le golpeaba el rostro. Negaba y sonreía. Lo hizo con jactancia, con orgullo. No podía creer que hubiese acabado con el gran Cara Mutilada. Con el pendejo más grande de todo Méjico. Y, bien pensado, no había sido para tanto. Un par de guantazos, unos cuantos soplamocos, y aquel desgraciado resolló como un cerdo el día de la matanza. Todavía le parecía escucharlo “te juro que te despellejaré vivo”, mientras caía al vacío en aquel puente que atravesaron en Tennessee. Hacía tan sólo media hora que en el mundo había un cabrón menos, y a Detroit le pareció que el aire olía a colada recién tendida.


Volvió a mirar el túnel. Apenas quedaban unos minutos para llegar a él. Sacó su paquete de Benson&Hedges y encendió un cigarrillo, paladeando con lentitud. Y en ese mismo instante, creyó que no había nada en el mundo que pudiera robarle el placer que estaba experimentando. Se sentía todopoderoso, un Don. Don Detroit. Se emocionaba al pensar que cuando llegara al casino los jefazos le darían palmaditas en la espalda, en señal de respeto, y le sonreirían. A él, a un matón sin nombre ni apellidos. Y le dirían: “Ya eres uno de los nuestros”. Ya eres un Don. Y entonces le ofrecerían un habano y alguno de los subalternos le daría fuego al instante. Con esos pensamientos se tumbó boca abajo. Permaneció pegado al techo del vagón sin apenas mover un músculo, sintiendo cómo su gabardina abierta se arremolinaba al paso del expreso de media noche, que en esos momentos se cruzaba con su cabalgadura de acero. Con la barbilla pegada al frío metal su vista se perdía hacia la lejana luz. Sus ojos eran dos brasas. Los labios una línea, y sus dientes; morteros rechinando en la oscuridad. Se aferró con más fuerza. El traqueteo le sacudía sin compasión.


Pronto atravesaría el túnel. Esbozó una sonrisa mientras entornaba los ojos. Todo había terminado, y dentro de escasos minutos saltaría del techo del tren y se encaminaría victorioso hasta el aeropuerto. Fue cuando sintió unas manos asiéndole por los tobillos que tiraban de él con fuerza. Su cuerpo se sacudió. Miró hacia atrás. El pánico se dibujaba en su rostro con la certeza de que aquel animal que le miraba con ojos de asesino, era un hijo de puta supremo. Un cabrón inmortal. Un ser abyecto salido de los mismísimos infiernos.


De un rápido quiebro se deshizo de su cepo prensil y le asestó una patada en el mentón. Su atacante apenas hizo un leve gesto al encajar el golpe. Su retorcido rostro se oscureció con una mueca sardónica. Cara Mutilada reptó como una serpiente hacia su presa. Era todo furia. Detroit comenzó a avanzar con los codos y las rodillas desesperadamente. Intentando zafarse de la promesa que salía de los labios deformes de su agresor. Cayó cobre él como una plaga, golpeándole en la espalda. Detroit se retorció de dolor.


De pronto, la luz lo inundó todo. Los ojos de Cara Mutilada se achinaron, repeliendo los focos de la estación como una fiera herida. Se los cubrió con los antebrazos. Detroit no lo pensó dos veces. Se incorporó de un salto, y se arrojó sobre él con la misma contundencia de un martillo pilón. Era una mole, un animal. El tren frenó con lentitud hasta detenerse. Fue el momento justo. Con las manos entrelazadas le asestó un contundente golpe en la cabeza. Aquello le dolió. Le ardieron las manos. Cara Mutilada profirió un alarido y cayó de rodillas. Detroit le dio un puñetazo en el mentón, y, sin detenerse a valorar los daños, le propinó una tremenda patada en el pecho, desplazándolo del sitio. El mejicano cayó boca arriba. Miró al joven que acababa de noquearlo. Le miró, lo justo para ver cómo se le venía encima con los dientes apretados y una mueca de destructor en la mirada. Y encajó tantos golpes, que a los pocos minutos se le nubló la vista. Ya no sentía las embestidas de Detroit. Ya no sentía nada. Tan sólo un ligero cosquilleo en el tobillo, justo donde guardaba su arma. Como si ese trozo de metal le estuviese llamando a gritos, diciéndole: “¡Serás pendejo! Te estás dejando meter por un chamaco que no vale un fríjol. Sácame y verá lo que vales. ¡Ándale y que no se diga!”. Y entonces, la mano que hasta ahora había permanecido adolecida, como muerta sobre el acero del techo, cobró vida propia. Alargó los dedos y tocó el hierro. En segundos, encañonó la boca de Detroit. Éste puso los ojos en blanco, tal vez por la sorpresa, y se quedó inmóvil. Incapaz de tragar la saliva que le corría pegajosa por las comisuras.


¡Juré que te despellejaría vivo, güebón!


Sonó un terrible impacto. Todo fue oscuridad.



Detroit abrió los ojos lentamente. La música de La muerte tenía un precio seguía sonando en sus oídos. Por unos segundos no supo dónde estaba. Se palpó la boca. La sentía pastosa. Algo le corría por la comisura. Era caliente y húmedo. Hizo un esfuerzo para enfocar su vista. Y allí estaba. Cara Mutilada le miraba fijamente. Pero ya no estaban en el techo del tren. Estaba sentado frente a él. Y sus ojos no destilaban odio.


Espabila, chaval, que ya hemos llegado a Atocha.





Copyright: Luisa Fernández


Foto: http://www.cinetelia.com/2008/12/22-especial-el-inte...