23 de enero de 2011

MUJER, MADRE SOLTERA, BUSCA



Cuando me quejé en voz alta de la perra vida que llevaba, mi hermana mayor me dijo: «bienvenida al País de las Maravillas, guapa». Pero aquello, lejos de conformarme, me puso de mala leche. Lo de «mal de muchos, consuelo de tontos» me vino a la boca como cuando te repite el chorizo del cocido.


Ya había gastado el paro que me correspondía por mi último empleo temporal de cajera. Las facturas hacían manitas en el cajón de la cocina, amenazando con multiplicarse, y se daban de codazos con los formularios de la prórroga. No podría pagar ni el alquiler, y Alberto, mi hijo, acababa de dar el estirón de los dos años. Sinceramente, echaba de menos a otra hermana mayor, pero con niños, que me dejase en herencia todo un repertorio de ropita usada. Es por eso que mi madre, como buena rastreadora que es, siempre llega en el momento preciso con todo un arsenal de comida dispensada en prácticos tupper congelables, y cómo si tuviese el don de la clarividencia o la curva del percentil de mi hijo en uno de los bolsillos de sus vaqueros; me compra zapatitos y algunos trajes.


Y es que a mí no me gusta depender de ella, porque es viuda y cobra una mísera pensión, ni escuchar la misma frase cada fin de mes: «hija, sabes que puedes regresar a casa cuando quieras. Ya nos las apañaremos».


Yo lo que necesito es trabajo y que no suban el recibo de la luz (más de veinte euros al mes), que no me inflen a impuestos con la gasolina y el tabaco (aunque haya tenido que vender el coche y dejar de fumar), y que los precios no estén por las nubes cuando los sueldos se parten de risa, tirados por el suelo.


Quiero que dejen de visitarme más Testigos de Jehová con sus trajes impecables y que no me llamen números desconocido (que luego resulta ser una señorita con ganas de que te cambies de compañía telefónica o vendiéndote algo). Y tampoco, que las cadenas de televisión gratuitas me sometan a tortura a cambio de poder evadirme un poco con alguna película o serie (ya está bien, que vamos a acabar lobotomizados. Que controlen la emisión de anuncios de una buena vez. Es vergonzoso los beneficios de algunas cadenas a costa de los pobres que no tenemos para pagar una televisión privada). Ni me gusta que todo mi correo sean facturas o propaganda y aporreen mi puerta mujeres desesperadas exigiéndome una limosna para alimentar a sus hijos; que se me parte el alma de impotencia.


Quiero recibir cartas perfumadas que huelan a Han Solo o a Aragorn, y me visiten otros testigos (si están buenos mejor) y que me llamen todos los días números desconocidos de gente interesante que sepa contarme historias. Es más, voy a concertar una entrevista con el gato de Alicia a ver qué se cuenta. A lo mejor puede venderme un billete barato para el otro lado del espejo. Creo que allí los niños no necesitan más que un trocito de hongo para crecer y pueden celebrar todos los días su fiesta de «no cumpleaños».




Copyright: Luisa Fernández


Foto extraída de Internet.