2 de diciembre de 2010

LA LÍNEA




De nuevo son más de las seis de la mañana y el tren que me lleva dos veces por semana al hospital va atestado de gente. Me acompañan en mi recorrido el olor de los sueños inalcanzables que no tuvieron tiempo o ganas de bañarse. La modorra de un nuevo día se despereza mostrándonos sin pudor su desnudez; las carnes de los excesos y las ojeras de una trasnochadora empedernida que tampoco se ha acordado de darse una ducha. Madrid crece a la sombra de los edificios, de las aceras, de los desangelados que perdieron un día el Norte y buscan su refugio en el fondo de una caja de cartón. Me da por pensar cosas raras cuando estoy de lunes. Divago como una vieja gata que ya parió todas las camadas del mundo y se lame el pelaje raído, mirando su reflejo en el último charco de su vida. Pero no es agua lo que tengo bajo mis pies, es el asfalto de una carretera que señala mi último camino. El mismo de los últimos seis meses, pero esta vez no hay regreso a la caída de la tarde.



Copyright: Luisa Fernández


Fotos extraídas de Internet.