30 de enero de 2010

EL JINETE ELÉCTRICO


Siempre que pienso en el pasado El Jinete Eléctrico acude a mí. Al instante, te veo comiendo palomitas de colores y lamiendo con tu lengua los restos adheridos a tus labios. Luego, bajo la vista en la oscuridad y, sin querer, mis ojos se escurren como hipnotizados por el imán de tu minifalda.



No sé que me llevó a apearme del metro aquella tarde. Creo que la absurda testarudez. Acababa de recibir una llamada de Begoña, recomendándome que no llegara tarde. Que sus padres nos esperaban para cenar. Que no me olvidara que estaban haciéndonos un favor prestándonos todo ese dinero. Creo que, en el preciso instante en el que ella, con su voz de anatómica forense, me dio la última instrucción: “Acércate a la Mallorquina y compra un kilo de pasteles”, se me cruzaron los cables. Fue pensar: “cena” y “padres”, y algo dentro de mí se desató. Sería eso, o que el metro acababa de entrar en la estación de Pueblo Nuevo y llegó hasta mí ese olor extraño que tienen los recuerdos.


Sin saber cómo, mis pies me llevaron hasta la calle de Alcalá, a la altura de Quintana. Busqué con la mirada el cine, pero no lo encontré. En su lugar había una tienda de muebles. Se me cayó el alma a los pies. Sentí que los años se me pegaban a la espalda y me roían los cartílagos. Me sentí viejo, frustrado. El niño que habita en mí, despertó. Me habían arrancado mi infancia a golpe de excavadora. Pegué mi nariz al cristal, como solía hacer en la tienda de golosinas del Cojo. No sé si intentando con futilidad, que aquel vidrio acorazado del escaparate desgranara mi infancia robada. Y algo debí hacer bien porque, al instante, los sofás orejeros comenzaron a moverse. Se alinearon, como las filas de un cine. Las luces se amortiguaron. Escuchaba los chistos de los adultos pidiendo silencio y, de frente, el iris de la pantalla invitándote al pase de las cinco, guiñando su ojo de cíclope.


¿Te gusta la peli? me susurraste al oído.


Un escalofrío me recorrió la espalda. Hoy sé, que no fue frío.


Me parece un rollazo te respondí bajito. El Redfor es un guaperas, pero la Fonda está muy buena.


Te reíste tapándote la boca. Luego volviste a asibilar en mi oído como una serpiente.


¿Más que yo?


¡Nooo, qué va! me apresuré a decir.


Cruzaste las piernas con un gesto calibrado. Medido hasta sus últimas consecuencias. Yo intenté pasarte el brazo por los hombros, pero no llegaba. Me arrodillé en el asiento, y te acurrucaste sin decir nada. Seguiste mirando la pantalla como si el peso de mi mano en tu hombro fuera una pluma. Entonces recordé las instrucciones de mi amigo Ernesto: “El silencio es la señal. Si no dice nada, debes actuar”, y de paso recordé quién se las había dado: su hermano mayor, el rompe corazones del barrio. Si a él le daba resultado, a mí también me lo daría. En ese momento, instantes después de que te hicieses la loca, fui el chico más feliz del mundo ¡Qué digo el chico!, el hombre. Inflé tanto el pecho, que a punto estuve de hiperventilar. Mi corazón parecía una ametralladora. Cuando descansaste tu cabeza en el hueco de mi axila, sentí calambres en el estómago, creo que hasta nauseas. Luego se fueron apaciguando, justo cuando tu mano rozó mi bragueta. Cuando escuché el chirrido de la cremallera al bajarse, no me lo creía. En cuestión de segundos, y sin darme tiempo a cuestionarme nada, sentí que me elevaba a las alturas. Subí a la montaña rusa sin dar la talla. Creo que alcancé el record de precocidad, ya establecido por el primo de mi amigo Ernesto: tres segundos. Los mejores tres segundos de mi corta vida. Después, me ofreciste tu pañuelo bordado de margaritas. Miré la pantalla haciéndome el disimulado. El jinete eléctrico cabalgaba con su pantalón lleno de luces de colores que echaban chispas.


Los instantes que robamos al pasado duran poco. Una vieja extraviada me preguntó por una mercería. Mis tres segundos de gloria, se habían esfumado. La miré con condescendencia y le señalé que cruzara la calle hasta la plaza de Quintana. El puñetazo que me dio la realidad, me puso en mi sitio. Volví a sentir la dentellada de los años y la estafa.


Después de la cena con mis suegros regresamos a casa. Begoña seguía con su retahíla de reproches hacia mi persona. Me senté en el sofá, cogí una película de la estantería, y conecté el video intentando con ello que el eco de su voz se perdiera con la banda sonora. Y debió funcionar porque se fue a dormir malhumorada. Yo volví a cabalgar con El Jinete eléctrico, y a la fila de los mancos con la novia de mi hermano Enrique.




Copyright: Luisa Fernández

Fotos estraídas de Internet.