24 de diciembre de 2012

¡Felices Fiestas!







Espero que paséis unas estupendas Fiestas y que el año que está por llegar sea algo más benévolo con tod@s. Olvidaos de los problemas por unos días y disfrutad en compañía de los vuestros.
Yo me tomaré el descanso navideño habitual. Pero eso sí, os dejo un regalito. Un cuento de Navidad por si os apetece leer en estas mini vacaciones. Espero que os guste. 

Nos leemos en enero. Un besazo.


 


No escupas al cielo, niña. Santa Claus lo ve todo.

Mell enfiló el terraplén hasta llegar a la carretera principal. Desde allí, bordeando el arcén, solo le separaban unas pocas millas de los primeros edificios del barrio. Llevaba los tacones de aguja en una mano y el corsé en la otra. El único corchete de la chaquetilla de peluche apenas le tapaba los pechos desnudos. Tenía frío y estaba deseando llegar a casa.
El sonido de un claxon le hizo dar un respingo. Iba a contramano y ni siquiera había reparado en ello. El Chevrolet frenó al llegar a su altura.
—¿Necesita un chófer, señorita? —le preguntó el conductor, un tipo vestido de Santa Claus.
—No, gracias. Vivo ahí mismo —Señaló los lejanos bloques de hormigón.
Santa la miró de arriba abajo por encima de sus redondas lentes y enarcó una ceja.  
—Creo que ha tenido usted una mala noche...
—Sí, me temo que no ha sido muy buena —sonrió con desgana—. El Grinch se escurrió de un tejado y se me cayó encima. Me ha dejado hecha unos zorros.
—Permítame que le acerque a casa. Una carretera desierta no es el mejor lugar para una chica tan guapa. Hay mucho hijo de mala madre por ahí. Además, está comenzando a nevar.  
Ella volvió a rechazar su ofrecimiento, pero aquel vejete tan amable no se dio por vencido. Salió del coche y sacó una manta del asiento de atrás. Se la ofreció con insistencia. Tanta, que no pudo impedir que se la echara por encima, tapándole la cabeza, y le propinara un contundente campanazo.
«¡Jou-jou-jouuuu!» Aulló feliz el bueno de Santa al tiempo que introducía a Mell en el maletero.
Los tacones de aguja y el corsé se quedaron en el arcén, mientras en su abotargada cabeza se agolpaban los recuerdos fugaces de las últimas horas de su vida.
 
¡Qué diablos! Podía ser divertido montárselo con Jimmy disfrazado de Papá Noel. En cuanto acabara su turno iría con él hasta la parte de atrás y lo harían en el capó de algún coche elegante. Seguro que le regalaría aquel anillo de compromiso que había visto en Tiffany y al fin abandonaría a su mujer. Fantasear un poco no estaba nada mal después de la perra semana que había tenido. Frank, su encargado, le estuvo dando el coñazo sobre aquello de ser un poco más simpática con algunos clientes. «Un poco de escote no va a matarte, Mell. Tienes un canalillo precioso. Y un par de pellizcos en ese culete respingón, tampoco te matarán. No seas tan estirada, niña. Es Navidad.» Niña… El muy canalla sabía cómo adular a una mujer madura. Y, bueno, tenía razón dado el record de propinas que había conseguido. Estaba segura de que nada tenía que ver con el espíritu navideño ni tampoco con el ponche que regalaba el Boomerang Dinners. El corsé y los short le sentaban de muerte y las astas de reno luminosas daban el toque navideño perfecto. Los tacones de aguja y las medias negras con costura también ayudaron. Le dolían los pies a rabiar, pero tiempo tendría de ponerlos en alto. Hasta Frank le concedió un día libre. Ya se vería si aquella generosidad no terminaba con el pago de una mamada en los lavabos.  
Se quitó el delantal y se puso la chaquetilla de pelo antes de salir. Se dejó puestas las astas de reno. Jimmy ya estaría en los aparcamientos.
Pero todas sus ilusiones se esfumaron en cuanto el jodido Jimmy le puso las manos encima. Eso era todo lo que tenía: un novio casado y alcohólico, que apenas conseguía echar un mal polvo. La mitad de las veces no lograba una erección aceptable y la otra mitad se iba por las pencas en dos minutos. Esta vez, apenas sí consiguió atinar a la cuarta o quinta intentona. Un par de penosas embestidas después, el muy imbécil le había vomitado en el escote. Adiós al corsé en el que invirtió seis meses de propinas. ¿En serio aquel energúmeno le había echado la pota encima? No podía creerlo. Sacudió las manos empapadas de vómito y de un empujón, se quitó de encima a Jimmy. ¡Valiente Papá Noel estaba hecho! Enfiló a la parte de atrás donde estaban los servicios públicos.
—¿Dónde vas, preciosa? —le espetó él con voz gangosa—. Todavía no he terminado… ¿No vas a darme una segunda oportunidad…?
Mell le hizo un corte de manga y prosiguió hacia los lavabos. Antes de abrir la puerta, miró por última vez a Jimmy para gritarle: «Eres un cabrón y un hijo de puta. Me prometiste que sería divertido.» Él estaba demasiado entretenido para contestar. Intentaba subirse torpemente los pantalones, pero no lo conseguía. Resultaba difícil sin antes tirar de los calzones de franela que llevaba para combatir el frío. Se le habían arrebujado de mala manera en mitad de los muslos y daba vueltas como un perro que intentara morderse el rabo.  Tenía las nalgas más rojas que aquel disfraz de segunda mano y la minga, a esas alturas, era apenas un minúsculo colgajo.
¿Eso era todo lo que le esperaba en la vida? ¿Un patético borracho? Se dirigió al lavabo y abrió el grifo. Se desabrochó el corsé mientras miraba sus pechos adornados de trozos de salami. Sus erguidos pezones le devolvieron una mirada estrábica. ¡Hasta para operárselos había tenido mala suerte! Uno miraba a West Willage y el otro a China Town. Nada le había salido bien. Y ahora, encima, ella también echaba las tripas abrazada a un mugroso váter. No le quedaba estómago para más.
Se limpió como pudo los churretones del rímel y el carmín. El hedor a vómito era insufrible y encima el papel del expendedor se había terminado.
—Eres un mierda, Jimmy…  Un puto mierda… Me prometiste una noche única…  
Se dejó caer de rodillas en el suelo y lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas.
Cuando salió del servicio, no había ni rastro de Jimmy. Intuyó que estaría en el Boomerang Dinners reponiendo combustible. ¡Pues eso sí que no! No iba a cargar con él toda la jodida noche. Que lo aguantara la estúpida de su mujer. ¡Se lo regalaba para siempre! Decidió que se marcharía sin que la viera y enfiló el terraplén hasta llegar a la carretera principal…


© Luisa Fernández