2 de octubre de 2012

Senderos de vida




Hola a tod@s.

He decidido inaugurar un espacio para todos mis relatos que algún día obtuvieron una mención o fueron galardonados en distintos certámenes literarios y que no vieron la luz o se publicaron en revistas literarias. Me ha parecido una buena idea darlos a conocer en mi blog. Qué mejor sitio que su casa. Así tendrán una segunda oportunidad de llegar al lector.  

Hoy os traigo un relato que obtuvo el primer premio en el Certamen Literario «Mujeres fuenlabreñas 2006». Lo publicaron en la revista Miradas de igualdad.  

Espero que lo disfrutéis.







Senderos de vida


En la primera planta de la Maternidad Nuestra Señora de Atocha, el olor aséptico se mezclaba con el perfume a lilas que solía utilizar la nueva voluntaria. Cuando llegaba, lo primero que hacía era subir las persianas. Lo realizaba mientras arrastraba una tonadilla de las de moda, sin importarle si alguna de las mujeres de la sala estaba de acuerdo con la letra de su canción. Después, se plantaba en medio de la habitación de seis camas, daba cuatro palmadas y decía a voz en grito: «¡A despabilarse señoras…!» Comenzaban a entrar las monjitas con sus teteras de aluminio llenas de agua caliente y sus bacinillas. Te despojaban de las sábanas y con una manopla de tela comenzaban a asearte. Nos lavaban a todas, menos a la nueva, a la cual lanzaban una mirada cargada de resquemor o eso me parecía a mí—, luego se despedían con un: «Hasta mañana, que tengan un buen día y disfruten de sus hijos…» Más tarde, llegaban las chicas de la limpieza con sus delantalitos de rayas y sus conversaciones a media voz. Traían noticias de fuera, de si el pan cada día estaba más caro, de las peleas con sus novios, de cuánto había tardado esa mañana el tranvía… y poco a poco te ibas enterando de cómo, sin ti, Madrid seguía moviéndose. Era entonces cuando cerraban las ventanas y servían los desayunos. A esas alturas, te habías quedado como un carámbano. Decían que el frío era bueno para no tener hemorragias.

 
La hora más deseada eran las diez de la mañana. El momento en que traían a los bebés. También era la peor para mí. Contemplaba cómo se les encendía una luz en el semblante y les brillaban los ojos de alegría al ver a sus retoños. Yo examinaba sus rostros, sus miradas y escuchaba las palabras dulces y arrulladoras cuando les acercaban al pecho para amamantarlos. Debo reconocer que sentía envidia sana. Las envidiaba por tener entre los brazos lo que yo más ansiaba. A veces, alguna de ellas las que se encontraban mejor y ya iban a ser dadas de alta, me acercaba a sus hijos y me dejaban experimentar por unos minutos la alegría de sentir su peso en mi regazo. Un ser diminuto, de carita redonda y sonrosada; un pedacito de cielo. La sensación era efímera, pues al poco, la madre me lo arrancaba de los brazos para llevárselo y la tristeza me embargaba por completo.

Hacía un mes que estaba ingresada. Un mes que me habían arrancado el alma, que estaba hueca, vacía por dentro; que observaba la felicidad de otras y rumiaba mi pena y mi amargura en soledad. Estaba sola, sin familia y con un marido al cual daban por desaparecido. La guerra hacía varios meses que había terminado y no tenía noticias suyas. En mi interior sabía que jamás volvería a verlo, que estaría muerto, enterrado en cualquier fosa común y si no lo estaba y le habían hecho preso; daba por segura su muerte.

La nueva estuvo llorando toda la noche. Era muy niña. Por más que llamó a las enfermeras, no acudieron. También ella estuvo sola todo el día, nadie vino a visitarla. La observaba en la semioscuridad retorcerse con terribles bascas y tiritar de pies a cabeza. Sollozaba quedamente, sin emitir sonido alguno, tan sólo un hipo ahogado y el sorber de su nariz bajo las sábanas. Me levanté de la cama y me acerqué a la suya. Ella dio un respingo y me miró con los ojos vidriosos y la mirada quebrada.
¿Te duele mucho? pregunté entre susurros.
Márchate… ¡vete! me contestó en tono imperante, pero apagado.
No, no voy a irme dije resuelta—. Sé que estás muerta de dolores. Voy a llamar.
Tomé el llamador de la cama más próxima, pero ella me agarró de la bata.
No llames no era una orden, era más una súplica—, no quiero que te regañen, ni tampoco que las demás se despierten.
Me senté en una silla que había al lado de su cabecera. La tenue luz de la sala confería a su rostro un cuadro de sombras que insinuaban un rostro demacrado y marchito. Habló más bajo.
Me odian, lo sé.
No respondí, dejé que hablara. Algo dentro de mí me decía que lo necesitaba tanto como el aire que respiraba.
Las monjas, las enfermeras; hasta las voluntarias, todas ellas están aquí para recordarme a cada minuto… lo que hice. Hasta tú me condenas, pero finges que te doy lástima.
Negué con la cabeza. No entendía nada de lo que estaba diciendo. Sus palabras estaban cargadas de amargura. Palabras demasiado fuertes para una muchacha de su edad. Ella siguió hablando con el aliento entrecortado.
Seguro que eres una de esas señoritingas estiradas que tiene más dinero que pesa y se las da de buena samaritana, pero en el fondo tú también me odias.
No te odio, ¿cómo podría hacerlo si ni siquiera te conozco?
Ellas tampoco me conocen, pero me juzgan… me hacen el vacío, lo hacen para asegurarse que sufro, que me retuerzo, que con cada gota de mi sangre se escape mi vida a borbotones… quieren que no olvide nunca lo que hice.
Se desvaneció al terminar la frase. Yo me asusté y llamé al timbre de la cama vecina. Al poco apareció una enfermera, frunció el ceño, le tomó el pulso y retiró las sábanas. Una gran mancha de sangre cubría gran parte de la bajera.
Tiene mucha hemorragia dije horrorizada.
¡Cómo no va a tenerla si está abortando! soltó de malos modos—. ¡Si no se hubiera bebido las hierbas de la curandera, no estaría ahora desangrándose! ¡Encima, va a tener suerte la muy pelleja!
«Suerte… pensé ¿qué suerte podría tener si se le escapaba la vida entre las piernas?»
Acuéstese, señora. Voy a llamar al cirujano de guardia para que le haga un legrado.
Me lanzó una mirada cargada de resquemor. Tardaron bastante en llevársela al quirófano. Pasé el resto de la noche despierta, dándole vueltas al comentario de la enfermera.

Al medio día trajeron a la muchacha. Se pasó toda la tarde y gran parte de la noche durmiendo a causa de la anestesia. Una de las enfermeras me dijo que le habían tenido que extirpar el útero. Una sensación de impotencia se apoderó de mí. Aquella chiquilla y yo teníamos un destino común; jamás podríamos ser madres. Ninguna de las dos sentiríamos en nuestro seno el aleteo de la vida.
Al día siguiente despertó con grandes dolores. Esta vez, la enfermera de turno le puso una inyección.
A la hora de la visita me senté junto a ella.
Gracias dijo a media voz—. Gracias por todo.
Cualquiera hubiera hecho lo mismo.
Creí que sabías…
No, me lo dijeron después.
El silencio se instaló por unos segundos entre las dos. En la sala se escuchaban las risas de felicidad y los comentarios de padres y familiares.
¿Cómo te llamas? pregunté.
Teresa.
Yo, Elena.
Teresa me contó parte de su vida. Una muchacha de quince años que se queda huérfana, llega huyendo del hambre de una posguerra a la gran ciudad y entra a servir en casa de una familia acomodada. Una noche, el hijo mayor irrumpe en su habitación y la viola. No dice nada. Tiene miedo y aguanta una y otra vez que abuse de ella. Cuando se entera de que está embarazada, lo comenta con otra de las criadas. Le aconseja que aborte. Le presta dinero y le da unas señas. Según sus propias palabras, no le quedó otra alternativa. No podía tener al niño cuando ella misma todavía era una cría.
Mi historia es muy distinta a la de Teresa. Yo quería tener a mi bebé. Nació muerto después de debatirme, durante semanas, con una gran infección. Lo quería sin conocer su sexo, sin conocer su rostro ni su voz. Lo deseaba sin condiciones y más que a mi propia vida, pero también era egoísta; yo quería algo a cambio: que llenara el vacío de mi existencia y que me amara sin condiciones.

Me dieron el alta a la semana de aquello. Teresa tardaría algún tiempo en salir. Iría a verla todos los días y después, vendría a vivir conmigo. Tendría una hija. Una niña. Ella tendría una madre. Nos necesitábamos la una a la otra. No nos unirían los lazos de la sangre pero sí un destino común: nuestro destino y lo escribiríamos en las páginas en blanco de nuestra existencia.

A veces, el río de la vida lleva el curso establecido por su cuenca natural; otras se desborda y toma caminos hasta entonces inexistentes pero siempre llega hasta el mar. Las decisiones son el timón de nuestra vida, de tomarlas depende el camino a seguir. Si es o no el correcto, el tiempo lo decide y la experiencia rectifica algunos errores.
Yo encontré mi sendero.
    

© Luisa Fernández