20 de septiembre de 2012

De vuelta al blog



Hola a tod@s. 

Ya estoy de regreso tras el descanso estival. Esta vez se ha alargado un pelín por aquello de que cerré el blog a finales de Julio. Y, bueno, no es que me haya ido de vacaciones (ni mucho menos) porque he seguido trabajando en varios proyectos, pero desconectar un poquillo me ha sentado genial. Lo necesitaba. Suelo reflexionar bastante en este pequeño intervalo, y el balance de estos nueve meses que llevamos de año ha sido muy positivo a nivel literatura. He logrado todos los objetivos que me había marcado. En noviembre este blog cumplirá su tercer año de vida y, aunque reconozco que cada vez tengo menos tiempo para dedicarle, estoy feliz por todos los buenos momentos que he podido compartir con vosotros. Sin duda, todavía quedan muchos más. Espero que sigáis a mi lado. Creo que lo más importante de este camino no es llegar, sino poder recorrerlo acompañada de todos aquellos a los que quiero y aprecio. Y sí, no prometo que no llegue a desesperarme a veces (con todo el derecho del mundo), pero para eso están los amigos de verdad, aquellos que prestan su hombro abnegadamente y te dan esa palmadita en la espalda. Una palmadita sincera, que sabe a gloria, exenta de reproches y cargada de ánimos. Esas son las que valen y con las que me quedo. 

Lo dicho: seguimos adelante (que no es poco).

Gracias por estar ahí. Un besazo.

Os dejo un relatillo de los míos. Espero que lo disfrutéis.




Dieciocho rosas


Elena decidió levantarse. Casi había amanecido y de nada serviría dar más vueltas entre las sábanas. Arrastró sus pasos por el estrecho pasillo sintiéndose un buzo decimonónico. Los pies le pesaban y tenía la cabeza como una escafandra. No. No eran los rulos, era el inicio de una colosal resaca. 
       Se dirigió a la cocina, prepararía café. Las persianas estaban bajadas pero la claridad se colaba ya por las rendijas. Se sorprendió al percibir un ligero olor a flores. Encendió la luz.
Y sí, allí estaban, sobre la encimera, envueltas primorosamente en papel celofán.
De forma automática enumeró el día de la semana y el mes. No, no era su aniversario ni tampoco cumplía años. Contó las rosas, eran dieciocho. Nueve rojas y nueve blancas. Un número perfecto. Pasión y amor verdadero. Pero ¡qué amor ni qué...! Se asomó a la puerta del salón. También tenía las persianas echadas. La luz de la cocina proyectó un sesgo sobre el bulto que dormía en el sofá de tres plazas. Se removió con un ronquido terrible. Sí, era el triste donjuan; vestido y a medio tapar con la pequeña manta de punto.
Se acercó hasta él para observarlo mejor. ¿Realmente aquel hombre se había tomado la molestia de comprarle flores? Cabeceó con la respuesta arañando su garganta. ¿A cuento de qué? ¿Cuernos? ¿Mala conciencia? Si tenía que ser sincera, su relación no pasaba por el mejor momento. No iba a engañarse. Esas rosas no eran suyas. Sintió tentaciones de despertarlo para preguntarle… no era plan. Antonio había trabajado toda la noche con el taxi y necesitaba descansar. Además, si estaban en su cocina, ahora sí que eran suyas. Igual daba la historia que tuvieran detrás. Podía imaginar un buen número de anécdotas sin esforzarse demasiado, pero... ¡qué coño! Fantasear era tan fácil y la cruda realidad esa que escocía como un puñado de sal en una herida tan puñetera.  
Buscó un jarrón.

© Luisa Fernández