5 de mayo de 2010

¡FELICIDADES GROENLANDIA!


La revista Groenlandia ha cumplido dos años. Quiero felicitar desde aquí a todo el equipo que la hace posible y en especial a Ana Patricia Moya, la cual tuve el gusto de conocer en EL DESTROYER. Todos mis buenos deseos para esta publicación trimestral. Que cumpla muchos más y yo que lo lea.


Y como no podía ser de otro modo, aquí va mi particular manera de celebrarlo. Un relato que me publicaron en el suplemento de la revista nº 5.



SERVICIO DE COMPAÑÍA S.A.




Cuando llegué a casa de madame Crusoe llevaba el corazón en la boca. Estaba nervioso. Reconocí la conmoción que produjo la sola visión de la anciana. Ya de entrada, aprecié en ella la buena disposición a aceptar cualquier cambio en su agenda del día.


Soy Ambrosius, madame, para servirla le dije, aguantándome las ganas de estornudar que me producía el olor a naftalina que despedía aquella casa.


Ella lanzó un gritito ilusionado y cabeceó al compás de unos cascabeles inexistentes. Me invitó a entrar y, nada más cerrar la puerta, adoptó un aire de vampiresa octogenaria; dejando caer a sus pies una bata de seda y marabú que hacía escasos segundos lucía sobre los hombros. Luego, miró por encima de sus gafas de avispa con ojos seductores y parpadeó totalmente segura de sus encantos. Se detuvo en mi anatomía y me escrutó como un artículo en rebajas.


Bonitos pantalones me indicó, tocando con su dedo huesudo el pespunte de mi bragueta y realizando un sondeo concienzudo a mi trasero. Después, me preguntó: ¿Eres el sustituto de Peláez?


Yo asentí.


Me manda la agencia, él no ha podido venir; tenía un compromiso ineludible con… otra dama le informé, intentando guardar la compostura ante la visión de sus pechugas asomando al escote de su picardías fucsia. He traído lo acordado señalé la maleta, ya sabe; los billetes y mi equipaje.


Pareció no escucharme. Se fue dando pasos de ballet hasta un antiguo gramófono que reposaba en una cómoda. Lo puso en marcha tarareando. Al instante, los acordes de Por una cabeza, de Carlos Gardel, inundaron la sala. Ella cogió un clavel de plástico de uno de los floreros y lo sujetó con los dientes por el tallo. Se cimbreó con donaire y me invitó a bailar. Por unos momentos temí que se descoyuntara, pero no; estaba más fresca que una lechuga.


¿Te gustan los tangos, Ambrosius? aleteó con labios de amapola.


No le respondí, me limité a seguir el ritmo con pies de plomo; intentando no pisarle los pies.


¡Verás lo bien que lo pasaremos en París, ma cherrie! exclamó con voz cantarina. El hotel Lafayette tiene mucho encanto para los enamorados y qué decir de la Opera Garnier; todo un lujo.


Hizo un volatín con una de sus piernas y la encaramó alrededor de mi cuerpo a modo de serpiente sibilina. Arqueó su espalda con ímpetu (creo que luego disimuló su dolor con un rictus dramático de diva), al tiempo que no dejaba de repetirme: «bomba, lo pasaremos bomba”. Yo hasta entonces había intentado armarme de valor. Peláez había sido minucioso a la hora de darme los detalles de sus encuentros con madame Crusoe. «Es un tanto excéntrica», me dijo, «yo me limito a seguirle la corriente. Es solo cuestión de mentalizarse. Cuando acabes te pegas una ducha, y listo». Pero yo no me veía en el papel. Había algo en aquella anciana que me repelía, imaginé que sería el abultado lunar con pelos que tenía en la barbilla. Era acercarme a ella y parecía cobrar vida ante mis ojos. De repente, noté su mano en mi entrepierna. Fue como si me hubiese pillado los testículos con un cepo. «Estás bien armado, ladrón», susurró, «Tómame Ambrosius, soy toda tuya…» A esas alturas el gramófono desgranaba los últimos acordes del tango y producía un sonido arañado. Ella caminaba de espaldas hacia su cuarto quitándose los tirantes de la combinación con gestos calibrados (o eso creía ella, a mí me daba una grima…) y se detuvo entre las jambas de la puerta con una mano en cada cerco. Desde allí me llamó en tono cantarín. «Anbrooosiuuus…» «Anbrooosiuuus…» Yo agarré la maleta y fui a su encuentro, qué remedio.


Una vez en su habitación, y con madame Crusoe tendida sobre la cama, cual pastelillo en anaquel de escaparate, saqué las esposas, la mordaza, el látigo y el verdugo de cuero tachonado. Mientras me ponía todo aquello, ella me sacaba la lengua como una viborita paladeando un rastro de feromonas. Tiró de mis pantalones, pillándome desprevenido. El velcro cedió y salió de una pieza. «Chico malo, Ambrosius, chico malo, malísimo…», susurró con lascivia en mi oreja. Y ya no pude soportarlo más. Saqué el arma de la maleta y le pegué un tiro entre las cejas.


Escuché maullar en el quicio de la puerta. Era un siamés tan viejo como su dueña. De un salto se encaramó sobre el cadáver de madame Crusoe y lamió la sangre que manaba del agujero de su frente. Era Atila, le reconocí de una foto que Peláez tenía en la maleta. Le agarré por debajo del lomo y lo llevé a la cocina. Le serví un cuenco de leche. Aquello lo consideré un gesto de última y postrera voluntad hacia Peláez que dijo tenerle mucho cariño al bicho. Como si él, antes de «suicidarse», me hubiese hecho heredero de todos sus secretos contenidos en aquella maleta.


Lo único que me restaba por hacer era desvalijar la caja fuerte y tomar el tren hasta Paris con los billetes que él mismo recogió por la mañana.




Copyright:Luisa Fernández