31 de octubre de 2014

«Relatos perturbadores» especial Halloween



Hola a tod@s.

Como cada año, y aunque me haga de rogar hasta que las sombras se adueñan de todo por aquello de crear cierta atmosfera, os traigo mi especial Halloween. Se trata de una recopilación de mis relatos perturbadores. Esos que sé que a algunos os gusta leer cobijados bajo una mantita y a la luz de una vela. Las chuches son optativas. Espero que refresque cuando avance la noche por aquello de la mantita. Un poco de humor no va a mataros. Pero ojo, puede que algunos de los objetos o seres de dos piernas que hoy os muestro aquí, sí. Quedáis avisados, caminantes.
Encended las velas de vuestras calabazas y compartid conmigo esta noche mágica donde duendes y diablos, brujas y fantasmas deambulan buscando la compañía de los vivos. 




La casa nueva

La pequeña Lucía no se acostumbraba a los amplios espacios de la casa nueva, prefería la de su abuela y su pequeño mirador que daba a la plaza del pueblo. Tampoco le gustaba la cuna niquelada ni ese edredón de un azul desvaído por el uso; cinco dueños había tenido y el sexto reclamaba ya su pertenencia desde el seno materno. Hasta entonces, ella compartía cama con sus tres hermanas en la buhardilla. En aquella cuna se sentía como un pajarillo en un gigantesco nido. Y para nada le convencía la ciudad, ni su anciana vecina del primero izquierda, por mucho que le hubiese regalado todos los juguetes de cuando sus hijos eran pequeños. Había algo en esa mujer que le daba escalofríos. Tal vez fuera la verruga con pelos que tenía en la barbilla o que le olía el aliento a pescado. 
No. No le agradaban las holguras que notaba a los lados del colchón, ni la frialdad de los barrotes de hierro. Tampoco le gustaba la oscuridad. Ni el armario. Tenía ojos. Eran enormes y profundos.
A la hora de dormir, su hermana mayor le daba las buenas noches con un besito en la frente y le entregaba a Katy, su muñeca preferida, de suave algodón y pelo de lana. Luego apagaba la luz. Era cuando el miedo movía su mundo. Pero no era un miedo racional hacia lo desconocido. Era un terror absoluto hacia lo oculto; lo fantasmagórico. Su corazón de quince meses se encogía cuando las sombras comenzaban a bailar. Ascendían por la pared hasta llegar a la estantería de los juguetes. Las muñecas murmuraban amenazantes, dispuestas a salir andando si ella dejaba de vigilarlas. Mirara donde mirase, ellas estaban allí, al acecho, aguardando a que cerrara los ojos para llevársela. Por eso Lucía no dormía y por eso arrojaba a Katy a través de los barrotes. Esperaba que así aquellas vengativas aceptaran su tributo y dejaran de hostigarla con sus crueles vocecillas.
Y es que a pesar de su corta edad, Lucía sabía que las almas de los niños que se perdían de camino al limbo, solían esconderse dentro de los cuerpos de cartón piedra en busca del calor maternal que las niñas daban a sus muñecas. Y por culpa de su vecina, ahora, la casa nueva estaba llenita de Mariquitas Pérez.



® Luisa Fernández


 



Gatos

Los gatos poseen un sexto sentido para presentir la cercanía de la muerte. Creo que la huelen igual que a una sardina arenque envuelta en papel de estraza.
Cuando mis padres tuvieron aquel accidente de tráfico tan extraño, allí estaban; maullando encaramados a la cerca que rodea nuestra casa.
La noche anterior al suicidio de mi hermano, también. Y hoy, que contemplo el cuerpo rígido y amoratado de mi hermana, cuya mano agarra todavía el cable pelado de un enchufe, los estoy escuchando.
Y si alguien todavía pone en duda que los felinos tengan ese sexto sentido, yo le invitaría a que pasase una noche por el patio de atrás de mi casa. Sus maúllos son más fuertes a la luz de la luna. Es un concierto gatuno que se entremezcla con otras voces: las voces de los muertos que están enterrados en mi jardín y que reclaman justicia. Yo, desde luego, me hago la sorda, pero los vecinos ya empiezan a protestar.

® Luisa Fernández 






El agujero


Los padres de Ana se habían divorciado. A partir de ahora ella viviría con mamá.
Se han mudado a una casita baja en las afueras. Es pequeña, antigua, con vallas metálicas y un jardín. También tiene un columpio y un minúsculo estanque donde malviven algunos peces de colores.
A Ana le entusiasma la casa, su barrio y las nuevas amiguitas del colegio. Lo único que no acaba de gustarle es el agujero que hay en el techo de su habitación. Es un boquete sin fondo que supura babas de moho y apesta a pozo negro. Tampoco le gusta el niño que sale de allí en cuanto su madre le da las buenas noches y apaga la luz. Tiene los ojos de cuervo furioso, la piel cubierta de úlceras con gusanos y una boca descomunal. Es rápido, serpentea por las paredes a la velocidad de un parpadeo. 
Ana quiere contárselo a mamá, pero bastante tiene ella con ese señor tan raro que la obliga a gritar, gemir y revolcarse entre las sábanas noche tras noche.
Y es que el agujero del techo de la habitación de mamá es el doble de grande que el de la suya.

® Luisa Fernández
 




El enterrador

Cuentan que en ese pueblo las almas de sus difuntos las guarda el enterrador de la colina. Sí, un viejo siervo de Satanás que tiene el poder de cambiar de apariencia según le convenga a su amo. Dicen, además, que las tiene encerradas en el antiguo horno crematorio y que solo las deja salir la noche de Todos los Santos, cuando en el reloj de la torre repican las campanadas de media noche y él prende el chisquero. Es entonces cuando una intensa nube de humo negro invade el camposanto y se arrastra, ladera abajo, hasta las casas de los aldeanos.
El pueblo parece respirar esa vaharada pútrida. Se expande como un gran pulmón. Entra por las rendijas de puertas y ventanas, por los estrechos tubos de respiración de las estufas o fogones para buscar dónde cobijarse.
Es el calor de un cuerpo vivo lo que la guía. El pulso caliente. El bombear de la sangre.
La niebla tiene oídos, manos de bruma fría. Es ciega, pero escucha las pulsiones de tu corazón por más que intentes esconderte. Si logras verla, sus mil rostros glaucos se introducirán en ti por las fosas nasales. Ocuparán tu cuerpo y te harán danzar alrededor de las hogueras llamando a los espectros oscuros, sus aliados.
Es un rito de sangre.
El Mundo de las Tinieblas se hará carne por una noche. Los machos cabríos fornicarán con las hembras vírgenes. Engendrarán asesinos y toda clase de bestias de dos piernas.
Es por eso, mi niña, que las noches que anteceden al día de difuntos el enterrador visita los pueblos vecinos haciéndose pasar por un vendedor de biblias. Busca víctimas, preciosas virgencitas para alimentar su horno crematorio y seguir con la promesa hecha a Belcebú.
Y ahora, a dormir, preciosa mía. Voy a abrir, creo que han llamado a la puerta.

® Luisa Fernández


Tía Adelina

La luz se posa con suavidad sobre la cruz del ataúd. La madera de cedro parece llorar por la humedad condensada en sus vetas. El rostro pétreo de un ángel también llora. Ana piensa que el cementerio respira. Lo siente latir en cada piedra antigua y en las doradas leyendas de sus lápidas. Es hermoso a su manera. Pero Ana sólo tiene seis años y es demasiado pequeña para entender por qué meten esas bonitas cajas en aquellos hoyos tan profundos. Sólo le han contado que tía Adelina era ya mayor, que se quedó dormida para siempre y que a partir de ahora estaría en el cielo con los ángeles.
Ella es pequeña, pero no tonta.
Tía Adelina no está en el cielo ni es un ángel del Señor.
Su vieja tía es un mal bicho como lo fue en vida. Está muy segura de ello. Lo sabe porque está mirándola desde su tumba con los ojos en blanco y una mueca maliciosa. Su dedo señala directamente hacia ella afirmando que será la próxima. Luego, hace el gesto de cortarse la garganta.
Sí, la tía Adelina siempre tan gráfica.

® Luisa Fernández


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Un besazo. ¡¡Feliz Halloween!! 


3 comentarios:

  1. A cada relato se me escapaba un grito de miedo puro que taponaba con la mano para que no oyeran mis hijos y pensaran que me había vuelto una histérica, aunque también mezclaba alguna risa nerviosa.
    Luisa, tejes estupendamente esa telaraña de historias cortas con maestría arácnida y nos sabes atrapar y no tengo claro si devoro tus relatos o son ellos los que me engullen.

    Besos, maga de las letras.

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    1. Hola, Gemelas.

      Me alegro que te hayan gustado. Ya sabes que mi blog no sería mi blog sin estos pequeños pellizcos en la nuca. XD

      Disfruto un montón escribiendo estos micros, y si encima pasáis un poco de miedito, mejor que mejor.

      Un par de besos muy fuertes.

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  2. Son buenísmos, Luisa, y dan mucho miedo, todos, pero el de los gatos maulladores... que perverso...Y el primero...

    Debería publicar estos cuentos, son geniales.

    No soy aficionada al miedo y me disgustan las pelis de zombis, vísceras y liquidillos, no me asustaban los monstruos ni de pequeña, pero ponme un relato con un niño y me entran escalofríos, me aterra.

    Tus cuentos tienen algo que creo que es muy eficaz en el género de terror y es la sutileza y el tono natural, como si lo que estuvieras contando es un día de merienda en el campo. Eso es aterrador.

    Muchos besos,

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