15 de marzo de 2013

El polo de limón






El polo de limón                                


La primera vez que te vi pensé que eras la cosita más preciosa que mis ojos habían visto jamás. Llevabas un vestidito azul con un ancho lazo de raso y mangas de farol que dejaba ver tus bracitos perfectos. Tus zapatos eran blancos y tus medias caladas. Recuerdo que al agacharte a recoger la moneda que se te cayó, se te vieron las bragas. Un diminuto encaje asomó al dobladillo de tu falda. Por entonces deberías de tener unos cinco años. También tengo grabado a fuego tu pelo castaño sujeto en dos trenzas y tus ojos dorados. Nunca he vuelto a ver ojos como los tuyos. Ni verdes ni castaños; oro líquido brotando de un rostro bronceado de callejear. Era domingo, y el sol estaba alto en el cielo.
Me dijiste:
¿Está cerrado, señor? tu voz era cristal.
Y te miré como se mira el mar cuando se descubre por primera vez, con la pasión salvaje de un náufrago que ignora que será devorado por él.
Lo está, pequeña. Es la hora de comer te dije intentando que mi voz no se quebrara por la emoción. Pero para ti está abierto. Ven, entra.
Sonreíste. Tus dientecitos de leche brillaron blancos, purísimos. No dudaste un segundo y, a un gesto de mi mano, escuché tus pasos rítmicos acercándose hasta mí. Pero no me mirabas. Tus preciosos ojos se perdían en el cartel anunciador que tenía clavado en el cerco del kiosco. Se movían ansiosos a través de las fotografías de los helados. Tu dedito se detuvo en una de ellas.
Quiero uno de limón indicaste, mostrándome la moneda. ¿Cuánto vale?
¿Cuánto tienes? 
Un duro.
¿Solo un duro?
No tengo nada más enarcaste las cejas, creo que desalentada.
Me levanté despacio. Tú elevaste el rostro para seguir mirándome a la espera de un veredicto.
Ven, acércate susurré.
Te mordiste el labio nerviosamente. Me agaché a tu altura.
Si quieres, podemos hacer un trato. ¿Cómo te llamas?
Laura Ortega Vivas… dijiste de carrerilla, acunándote como si tu nombre fuese la letra de una canción infantil.
Llevas un vestido muy bonito, Laura.
Me lo ha hecho mi abuelita.
Y toqué su trama suave con un hormigueo en mis dedos. Un escalofrío me recorrió la espalda. Abrí la cámara frigorífica y saqué el polo de limón. Te lo enseñé y me senté de nuevo en la banqueta. Luego le quité el papel y te lo ofrecí.
Ven aquí, Laura.
Obedeciste echándote el pelo hacia atrás. Parecías una pequeña helena.
Toma. Te lo regalo, pero con una condición.
Tus ojos se iluminaron y asentiste con fuerza al tiempo que cogías el helado con gesto rápido.
Tienes que tomártelo aquí. No quiero que ningún niño sepa que te lo he dado. Si alguien se enterara, vendrían a pedirme. Mira señalé la puerta, voy a cerrar con pestillo para que no puedan verte. ¿Te parece bien?
Asentiste de nuevo, mientras tu lengua lamía el hielo adherido al polo. Luego volví a sentarme en la banqueta y te atraje hacia mí con delicadeza. No quería que te espantara el tacto áspero de mis manos al pasar por debajo de tu graciosa falda.
Me recordabas demasiado a mi hija Anita. Demasiado. Era tan tentador...


© Luisa Fernández