31 de octubre de 2012

Relatos Perturbadores, especial Halloween





Como Dios

Y ahora viene el celador. Qué querrá el condenado. ¡Vaya una mierda de manicomio, pero si no le dejan a uno ni mear a gusto! Sí, hombre, pues claro que te acompaño. ¿Qué toca hoy? Ah, el loquero. Bueno, nos divertiremos un ratito para variar.
Buenos días, Manuel. ¿Qué tal estamos hoy? Siéntese por favor.
Obedezco cual borreguillo que ve en el bastón del pastor algo más que un trozo de madera. Si se le tercia me manda doble ración de Haloperidol, y no estoy por la labor. Me siento sin cruzar las piernas y sin hacer gestos raros. Así le gusta a él.
¿Dónde nos quedamos la semana pasada?
Yo no respondo, para qué gastar saliva a lo tonto si me va a salir con aquello de «cuénteme qué le motivó…»
Ah, sí. Me contaba lo que ocurrió con aquella vecina suya. Aquella que tenía tres niños. Bueno, pues si le parece bien podríamos proseguir. Cuénteme qué le motivó a darle la «libertad». Fue así como lo llamó, ¿no?
Ya sabe usted que sí. Veamos,  Miriam se sentía abrumada. Estaba harta de sus hijos, de su marido, de su suegra y de su perro. Los quería mucho, de eso no me cabe la menor duda, pero aun así la agobiaban hasta el punto de querer quitarse de en medio. Yo lo sabía, como lo sé todo. Trabajaba en una fábrica de condones. Era acosada por su jefe. Cuando le contó a su marido que quería dejar el trabajo porque era incapaz de soportar aquello, él no se lo tomó nada bien. Le dijo que era una vaga y una puta, y que se dejara de cuentos. Ella se enfureció tanto, que con las cuchillas de afeitar se provocaba cortes en los muslos. Hago una pausa, para ver la cara de tonto que se le queda. En el informe pericial lo tiene usted escrito en negrita. Creo que lo firma un tal Severino Fuentes.
Me mira perplejo. Eso me gusta.
La autopsia prodigo, reveló que fue violada el mismo día de su muerte. Que consumió drogas y alcohol. Los análisis de ADN de las muestras no mostraron coincidencias con las tomadas a su marido ni tampoco con las mías. Si se tomaran la molestia de recoger un escupitajo al malnacido de su feje, seguro que se asombrarían. Consulte usted con ese juez amigo suyo, ese que está punto de jubilarse… Cienfuegos, se apellida. Háblelo con él este sábado en la fiesta que da en su chalecito de la Moraleja. A ver si intercede. En nada que le diga que se lo he pedido yo, no se negará a echarme un cable.
El careto que se le ha quedado no tiene parangón. Le ofrezco un pañuelo de papel de la cajita que hay en su mesa. Más que nada, para que no manche mi informe psiquiátrico de babas.
Pero… Manuel… ¿me ha espiado cuando hablaba por teléfono?
Si solo va a decirme eso… Mire, doctor, lo mejor sería que hiciera lo que le digo. Pero acabo de caer en la cuenta de que le será del todo imposible. Usted morirá en cuanto acabe su jornada aboral y ponga el pie en la calle. Será arrollado por un descapotable rojo. Le diría la marca, pero no me pagan la publicidad.
Me mira atónito. Se ahueca el cuello de la camisa con el índice. Está agobiado y pelín acojonado también. Tamborilea con los dedos en la mesa. Ahora está pensando si encerrarme de por vida en el cuarto acolchado o pasar de mí y seguir con los tres cuartos de hora que le quedan de consulta. Optará por lo segundo.
Volvamos a su vecina, Manuel. Me ha contado que era muy desgraciada, ¿fue por eso que la mató?
No, qué va. La maté porque ella quería morir y no encontraba el valor necesario para rebanarse el cuello. Simplemente la ayudé. Llámelo «suicidio asistido».
Vuelve a tamborilear sus dedos sobre la mesa. Se cree que soy un listillo que quiere salvarse de la trena haciéndose el loco.
¿Y no siente usted remordimientos por haber quitado una vida? dice muy filosófico él.
A día de hoy, para nada. Esa pobrecilla se merecía el cielo.
Ha enarcado las cejas. Está a un tris de cerrar el cuaderno y echar el cierre al chiringuito con cualquier excusa.  
Vamos a ver, Manuel. Entonces por qué quiso usted saltar desde aquel rascacielos si en realidad no sentía remordimientos…
Lo miro como al imbécil que es.
No da usted una, caballero. Solo quería volar un ratito. A veces lo hago para descargar tensiones. Mi trabajo es muy duro. Escuchar las súplicas de tanta gente me colapsa. Se multiplican como conejos y no dejan de pedir y pedir… Todos quieren algo. Nunca están contentos. He decidido dimitir. He creado a unos seres del todo imbéciles. Siempre esperando un milagro a la vuelta de la esquina. Además, solo se acuerdan de mí cuando me necesitan. Son unos egoístas. Por eso hace años que hago oídos sordos… bueno, quien dice años dice siglos. ¡Allá se maten! Solo intervengo en contadas ocasiones. Sobre todo si «no» me suplican. Miriam jamás lo hizo.
Está mirando el reloj. Me va a decir que se acabó mi tiempo. Que nos veremos la próxima semana… pero va  dado. Tiene las horas contadas. Aunque no sé, a lo mejor me apiado de él. Acaban de regalarle un libro de cuatrocientas páginas sobre los cuidados de los tubérculos. Tiene un pequeño huerto. Lo mismo me espero a que acabe de leerlo. Uf!, no sé, mejor le doy boleto. No me veo repitiendo función.
Bueno… pues se nos ha acabado el tiempo. Hasta la semana que viene.
—Aquí estaré, doctor.
Ya veremos si el que falta a la cita es usted.

Es la hora del patio otra vez. Qué bien. A contar los apollardaos que cruzan hoy por mi zona de la valla. Mira, ya se las pira el loquero. Va ojeando el dichoso libraco tuberculero. Y, ¡hala!, a cruzar la carretera que te va. Y, qué casualidad, un descapotable rojo a toda pastilla…
¿Lo mato o no lo mato…?
¡¡Doctor Serrano!! le grito.
Él se detiene y se gira. El coche le roza el maletín y el libro vuela por los aires.
Le guiño un ojo con toda la socarronería del mundo mientras me mira como un gilipuertas clavado al sitio.
Ahora, él sabe que yo sé.



© Luisa Fernández
               


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