7 de junio de 2010

UN RELATO DE CIUDAD




PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN



En noviembre anochecía a las seis de la tarde y el barrio comenzaba a sumirse en una densa y masticable penumbra llena de silencio. El frío crujía entre las hojas esparcidas por la plaza como la corteza de cerdo que estaba masticando Conrad. Lo escuchaba amortiguado en la distancia, igual que las voces amordazadas de los mayores que se habían guarecido bajo los balcones. De vez en cuando llegaba el fulgor de un mechero que permanecía encendido más de lo normal. Prendían chinas. Seguramente el resto de los cien duros que pillaron el fin de semana. Reían como hienas dándose de collejas. Un litro iba de mano en mano. Tiritaban los gargajos, echando carreras contra el viento. Y hasta nosotros llegaron los ladridos ahogados de Smoky, el perro de Macondo, fusionándose con el estribillo de Asfalto. Al loro le faltaban pilas, y Días de escuela sonaba dramáticamente distorsionado. Candy machacó los optalidones con una piedra, mientras Conrad esperaba impaciente con el botellín de coca-cola preparado. Yo los miré incrédula.


Esto es una leyenda urbana. Os va a hacer tanto efecto como las hebras de plátano que dejasteis secar al sol.


Sus esfuerzos por colgarse eran patéticos.


Pues a mí me han contado que pillas un moco que lo flipas apuntó Candy terminando de arrastrar el polvillo que se había quedado adherido al papel. De todos modos, la decisión está tomada. Vamos a robar el coche. Y si esta mierda no nos sube, que nos jodan...


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Este relato está publicado en el suplemento de la revista GROENLANDIA nº 8, en la página 30.