9 de enero de 2010

RELATOS PERTURBADORES



SEPETER, SEPETER, SEPETER


¿Cómo se encuentra hoy señora Smith?

Ella tenía la mirada huidiza. Los ojos opacos, como si una extraña pátina los mantuviese cautivos en una bolsa de agua enrojecida. Contrastaban con sus grandes ojeras y una piel cetrina que, junto al pelo oscuro y lacio, le daba un aire de enferma terminal. Se retorcía las manos con insistencia, palpándose uno por uno los dedos, y sus uñas lucían mordidas hasta la carne. Pareció no escuchar al doctor Graus. Simplemente, se limitó a murmurar: “Sépeter, sépeter, sépeter”.

Señora Smith, ¿me ha escuchado? levantó la voz.

Ella dio un respingo, y dejó su salmodia. Lo miró fijamente, como si hasta ese mismo instante no se hubiera percatado de su presencia. Sus pupilas estaban dilatadas hasta el punto de no apreciarse el color de su iris. Entonces sonrió. Fue un rictus estúpido, de labios flojos y sin vida.

Sí, doctor, le he oído silabeó la frase. ¿Qué quiere que le responda?

El doctor Graus cabeceó con gesto condescendiente y garabateó algo en su libreta.

Veamos, señora Smith. Lleva usted aquí tres meses. ¿Ha notado alguna mejoría?

Ella rió estentóreamente. Luego detuvo sobre él una penetrante mirada.

¡Hasta que no maten a esa puta, no acabará todo!

Comenzó a sentirse inquieta. Tiritaba, tenía espasmos en las manos, y su cabeza parecía llevar el frenético ritmo del punteo de una Fender Estratrocaster.

Tranquilícese, señora Smith…

Ella se levantó de un salto, tirando la silla en la que estaba sentada.

¡No quiero tranquilizarme! ¡Quiero que maten a esa zorra! ¡Ella me odia! ¡¡Me odiaaaaa!!

De repente pareció calmarse, como si la tempestad que estaba surgiendo en su interior hubiese decidido tomar otras coordenadas. Comenzó a hablar pausadamente.

Sé que no tengo pruebas. Pero créame si le digo que fue ella, Lolita, la que me tiró por la escalera rompiéndome el cóccix, y lo hizo delante de todo el mundo. Recuerdo que yo llevaba un vestido de cola. Era nuestro primer aniversario, y Dan había organizado una fiesta por todo lo alto. Ella me la pisó adrede y caí rodando por las escaleras. Nadie me creyó cuando la acusé hizo una pausa, entornando los ojos. Y aquella vez, en la piscina, ocurrió lo mismo. Yo iba a tirarme de cabeza desde el trampolín, y justo cuando me preparaba para saltar, apareció ella de la nada, y me desequilibró. Caí de mala manera en el agua y me provocó un esguince cervical. Por poco me ahogo. También me tiró una maceta desde la terraza, cuando yo estaba arreglando el jardín. Pude verla mientras me corría la sangre a borbotones por la frente. La vi allí, entre la balaustrada de mármol, con esa sonrisa lobuna que pone cuando se ha salido con la suya. Sé que resulta de locos decir que Lolita me odia, lo sé, pero le juro que es verdad. Y si usted analiza su situación, verá que no es tan descabellado. Dan le permite todos los caprichos. Es una malcriada. Me creyó una rival desde el mismo momento que me casé con Dan. Ya en la misma ceremonia, cuando tuvo que llevar el cojín de las alianzas hasta el altar, demostró su rabia. Lo destrozó con saña hasta que consiguió sacarle el relleno de guata. Aquello, lejos de escandalizar a los invitados, les provocó la risa. Y lo entiendo, porque Lolita es tan pequeña y mona y estaba tan graciosa con su lazo de raso…, pero créame, es mala, malísima. Por eso nadie me cree cuando digo que quiere matarme y no parará hasta conseguirlo. Todo esto no es más que un intento de “aniquilación sistemática” por su parte.

El doctor Graus la miró perplejo. No por la sorpresa de escuchar las afirmaciones de la señora Smith, que llevaba haciéndolo tres meses hasta la extenuación, sino porque pensó que la medicación que le estaba administrando para su psicosis, no estaba dando resultado.

¡Usted no me cree! estalló colérica al ver la suspicacia reflejada en el rostro del médico ¡No me cree, como todos los demás! ¡Creen que Lolita es una santa! ¡Yo no estoy loca! ¡Ella es la retorcida! ¡¡Una mala pécora, eso es lo que es!!

La señora Smith se tiró de los pelos y se arañó la cara, o lo intentó, puesto que no le quedaban uñas. Luego pataleó con furia. Después se tiró al suelo y se revolcó. Acto seguido, se quedó quieta. Sus ojos no parpadeaban. Se limitaba a mirar al infinito mientras repetía: “Sépeter, sépeter, sépeter”.


Después de tres meses, Dan acudió a visitar a su mujer.

El señor Smith, no entendía nada. Hacía apenas seis meses había ingresado a su mujer en la clínica mental porque mostraba un comportamiento extraño. Había comenzado a murmurar aquellas palabras incomprensibles, que pronunciaba entre dientes, se mordía las uñas y miraba raro a la pequeña Lolita. Jamás pensó que su estado empeoraría hasta el punto de acabar alimentándose a través de una sonda nasogástrica y con respiración asistida. Negándose a vivir. Presa de una “catarsis autodestructiva”, según las palabras del médico.

Por eso, cuando el doctor Graus le dijo que viniera con Lolita a visitarla, para ver si de ese modo algo en el interior de su esposa lograba despertar, no lo pensó dos veces. Según su teoría, someterla ante la presencia su peor enemiga, ante la autora de lo que ella había llamado “aniquilación sistemática”, produciría una explosión dentro de su cerebro que lograría sacarla del estado vegetativo en el que se encontraba. Pero no pasó nada. Las constantes no se alteraron lo más mínimo. El respirador siguió sonando con su ritmo pausado de fuelle, y los monitores continuaron su curso establecido. Le hablaron para ver si con ello la mujer reaccionaba, pero todo fue inútil. Nada cambió. Al cabo de unos momentos, el doctor sugirió al señor Smith que fueran a su despacho a tomar un café. Más tarde volverían a intentarlo.

Fue en ese intervalo de tiempo, entre que salieron del cuarto y llegaron al despacho, cuando echaron en falta a Lolita. Estaban tan enzarzados en la conversación, que no se dieron cuenta de que se había escabullido. Volvieron sobre sus pasos.

Ya al llegar al comienzo del pasillo escucharon los pitidos de los monitores y la alarma del respirador. Corrieron hacia la habitación, y lo que vieron fue espeluznante. Lolita estaba sobre la señora Smith totalmente fuera de sí, arañándole la cara. La boquilla del respirador permanecía a un lado, y la pobre mujer, con los ojos en blanco, resollaba penosamente reclamando aire.

Dan la sujetó en el acto con el rostro desencajado, pero ella se zafó y se escondió debajo de la cama.

¡Lolitaaaaa!

El siquiatra intentó reanimarla. Al poco llegaron un grupo de enfermeros con el equipo de resucitación, pero todo fue infructuoso. A los veinte minutos, el doctor Graus pronunciaba en voz alta la hora del fallecimiento de la señora Smith.

Dan entonces, increpó a Lolita que asomaba la cabeza desde debajo de la cama.

¡Has sido mala! ¡¡Eres una perra odiosa!!

Ella corrió hasta la puerta para huir con el rabo entre las patas. Desde allí, clavó sus ojos en la señora Smith. Era, la suya, una mirada de triunfo indescriptible. Sonrió lobunamente y enseñó los dientes. Su garganta profirió una sarta de gruñidos. Algo parecido a: “Sépeter, sépeter, sépeter”. Sonaba rabioso y arrastrado.






Copyright: Luisa Fernández

Foto extraída de Internet.