28 de noviembre de 2009

PUBLICACIONES Y PREMIOS


Aquí tenéis un nuevo número de la revista Groenlandia donde me han publicado un micro. Echarle un vistazo a los poemas, relatos y fotografías que aparecen en ella. Merece la pena.

Aquí os dejo la dirección:

http://www.revistagroenlandia.com/PDF/revista.seis.pdf

http://www.revistagroenlandia.com/PDF/especial.seis.pdf


En otro orden de cosas, ayer, viernes 27 de noviembre, se falló el V Certamen Literario “SER Allan Poe; 200 años de misterio” promovido por SER Madrid Sur (94.4 FM). He quedado finalista con “Las Campanillas Victorianas” un relato de intriga, ambientado en la Inglaterra victoriana con un curioso desenlace. Estoy contenta, y quería compartirlo con todos vosotr@s.




Como ignoro si podré mostraros aquí el relato para que lo leáis, he optado por ofreceros otro de mis cuentos en la misma línea.



LA PIEL DEL DIABLO


Tras la espesura lateral del camino y la cortina de agua, se adivinaba la aldea. Atravesamos la plaza, los caballos pifiaron por el estallido de un trueno que quebró el horizonte, y el cochero frenó el carruaje. Me asomé por la portezuela para preguntar al auriga el motivo de la demora.

¿No ve como llueve, caballero? arguyó molesto así no podemos seguir camino. Además, en una noche como esta no conviene tentar al diablo.

Sus palabras me turbaron. Recogí mi gaveta de mano y el portapliegos con los documentos de la testamentaría, y entré en el mesón que se adivinaba tras las luces que parpadeaban en la lluvia.

Al entrar, el olor a rancio se escurrió por mi nariz, haciéndome torcer el gesto. Saludé al único aldeano que ocupaba una de las mesas del fondo de la sala, un viejo de rostro huesudo y mirada endiabladamente nerviosa, y me dirigí al mostrador seguido de cerca del hocico de un mastín que olfateaba mis chanclos cubiertos de barro. Pedí una cama y una cena caliente. El mesonero me indicó con un ademán huraño, una de las mesas junto a la chimenea. Intenté calentarme las manos entumecidas en la lumbre. Al poco, me trajo una escudilla que despedía un olor delicioso. Para terminar me ofreció un aguardiente.

Después, intentando alargar el tiempo para hacer sueño, paseé la vista dando un largo recorrido por las paredes desconchadas del mesón, hasta detenerme en una piel de lobo que estaba clavada encima de la chimenea. Era magnífica.

Fue entonces, cuando el anciano que se había pasado la cena mirándome de soslayo, se sentó junto a mí.

Le gusta, ¿verdad?

Yo asentí, todavía abstraído en su contemplación.

Pues lleva aquí colgada más años de los que alcanzo a recordar y sigue igual que el primer día, sin rastro del tiempo que ha pasado por ella. Extraño, ¿no?

La luz de la lumbre confería a su rostro arrugado un aire patibulario y algo malicioso, y sus ojillos resabiados desgranaban un halo perturbador. Siguió hablando.

Cuentan que una vez al año, la piel de lobo desaparece misteriosamente de la pared al dar la media noche, y cuando las primeras luces del alba despuntan, vuelve a lucir en los clavos cómo el primer día. Una sola vez al año; tal día como hoy.

¿Tal día cómo hoy? –pregunté entrecortadamente.

Así es afirmó con voz cavernosa. En el mismo momento que las luces finales del día comienzan a confundirse con las sombras de la noche, donde el bien y el mal se dan la mano; cualquier cosa puede suceder.

Se levantó y sin dejar de mirarme, salió por la puerta desatando una risa burlona y entrecortada, desapareciendo en la espesura nebulosa.

Pedí otro aguardiente para serenar los pensamientos peregrinos que acudían a mi mente encendida. Bebí, hasta que el mesonero me apremió.

Ya entre las sábanas tiesas como lienzos y húmedas como lágrimas de monja, daba vueltas intentando conciliar el sueño. Sentía la garganta seca y un desasosiego interno que no me abandonaba, tal vez inquietado por el retraso de mi viaje y el consiguiente trastorno que me ocasionaría.

Cuando creía haber cerrado los ojos, un ruido extraño me sobresaltó. El sonido, semejante un gruñido, me hizo encogerme en mi jergón y escrutar la oscuridad de mi cuarto con la respiración entrecortada. Un murmullo animal se apoderó de aire contenido de la alcoba. Era un idioma indómito, un lenguaje oscuro que parecía querer adueñarse de mi persona. Me levantarme del camastro de un brinco y con los dedos temblorosos encendí un cabo. Tiré de las mantas con fuerza e iluminé con la luz hasta el último rincón del lecho, pero no encontré rastro de alimaña alguna. Decidí entonces, acudir a la sala y pasar el resto de la noche en uno de los bancos de la taberna.

Envuelto en una manta, bajé las escaleras tiritando de frío. El rescoldo del fuego relucía en la oscuridad y me acuclillé para reavivarlo. Cuando las pavesas comenzaron a crepitar, eché uno de los troncos. Me acomodé apoyado en la pared y era tal el bienestar que comencé a sentir, que mis ojos comenzaron a cerrarse y una sensación de sopor se adueñó de mí.

De repente, desperté alertado por unos nuevos gruñidos. Creí que era el mastín de la taberna, pero por más que le busqué con la mirada no lo encontré y los bufidos se habían acallado. Escuché dar las campanadas del reloj de la torre. Era media noche. Fue entonces, cuando reparé en la piel de lobo. El pellejo comenzó a destellar reflejos dorados. Parecían bruñir la luz de la lumbre con una luz irreal. No me dio tiempo a reaccionar cuando, allí, emergiendo de la piel de lobo, contemplé con los ojos perdidos de estupor, una figura evanescente que surgía como ánima del purgatorio. El hálito se transformó en una hermosa dama con la cabellera albina. Se posó en el suelo frente a la piel. Quedé pávido, sin sangre en las venas. La doncella descolgó el pellejo de lobo sin esfuerzo e ignorando mi presencia por completo, se lo echó por encima cubriendo su espalda desnuda. Una luz cegadora la rodeó, obligándome a cerrar los ojos. Cuando conseguí abrirlos la muchacha ya no estaba. En su lugar, apareció un lobo de lomos plateados que vino hacia mí. Abrió sus fauces en actitud de ataque, mirándome fijamente con ojos hueros y voraces, y me derribó con sus patas delanteras. Volví a cerrar los ojos dominado ya por terror y, cosa extraña, noté su lengua áspera recorriendo mi cara. Creo que en el delirio, escuché la risa del lobo con voz de mujer.

Yo intentaba desasirme de su abrazo, pero seguía sintiendo su lengua en el rostro. Abrí los ojos, y lo que vi; fue al mastín del posadero, que me lamía con delectación. Yo estaba en la cama en la que me acosté la noche anterior. Era de día.

Por unos momentos, comencé a dudar de si lo ocurrido formaría parte de los malos sueños que acompañan al viajero cuando la cama es extraña y la cena escasa.


Abandoné la posada mirando la piel de lobo con una sensación de desasosiego indescriptible. Subí al carruaje y, justo antes de ponernos en marcha, el viejo se acercó a la portezuela y con sonrisa socarrona, me dijo:

Espero que haya disfrutado de la experiencia, caballero. Recomiende nuestro mesón a sus amigos. Recuerde, se llama “La piel del diablo”.

Escuché su sórdida risa mientras el auriga se ponía en marcha, y no sé si fue una chanza de mi imaginación, pero juraría que su carcajada se transformó en un baladro lastimero, y al asomarme; pude ver un lobo de lomos plateados.



Luisa Fernández.

Foto extraída de Internet.