Hola
a tod@s.
Antes
que nada, deciros que he abierto de nuevo los comentarios de Tierra de Alquimia.
Intentaré corresponder en vuestros blog siempre que me sea posible. Gracias a todos
los que durante este paréntesis forzoso me han escrito a mi correo privado o en
sus propios blogs para darme sus opiniones y saber de mí. También a aquellos
que han recomendado en Google mis escritos y a los que comparten en Facebook.
Un besazo.
Espero
que os guste esta pequeña historia.
Tus ojos
En
el Galway Irish nada era lo que parecía. Ni el halo añejo, ni las pátinas de
sus paredes, ni la luz mortecina que imitaba un pub irlandés; incluso el suelo,
que parecía tener mil años, era nuevo. Lo único viejo, viejísimo, era Manolo el
encargado y el whisky de malta.
Pero algo en el bar sí era auténtico;
ella, Cora.
Tenía apenas veinte años, pero una arruga
gestual en su entrecejo le confería ese aire indolente de las mujeres que
conocen ya demasiados secretos de la vida y a las que resultaría difícil
sorprender. Era morena. Sus labios hacían juego con la sombra de sus párpados
oscuros. Y sus ojos…
¿Cómo eran sus ojos?
En los minutos de descanso solía sentarse
sobre unas cajas de cerveza, al fondo del almacén. Se encendía un cigarrillo y
no hablaba con nadie. Casi siempre leía un libro. De vez en cuando enarcaba una
ceja o torcía el gesto sin levantar la vista de las páginas. Las pocas veces
que me atreví a dirigirle la palabra, me respondía como temiendo que su voz
fuera a salir volando de su garganta, y nunca, nunca, me miraba.
—¿Qué lees? —le
pregunté armándome de valor.
—Una historia de vampiros.
—Pero si son absurdas… ¿por qué lees eso?
—Porque la vida también es absurda y sin
embargo, aquí estamos, respirando como imbéciles.
Me dejó clavado. No supe que responder. Cerró
su libro y lo dejó junto al paquete de tabaco, marchándose sin más.
Seguí su recorrido hasta la puerta del
almacén, tal vez esperando un pequeño gesto de atención por su parte; un «adiós»,
un «hasta luego», pero nada. Sacudí la cabeza. No había estado fino.
Manolo, que ya volvía también a su
puesto, me pasó el brazo por el hombro y chasqueó la lengua.
—No se lo tomes a mal. Es así con todos. Pero te aseguro que detrás de todo ese escaparate
de autosuficiencia hay una guapísima mujer esperando ser rescatada de ella
misma.
Me guiñó un ojo y se marchó.
Se debió de quedar a gusto diciéndome
aquello.
Cuando llegué a la barra, uno de los camareros
forcejeaba con un borracho que estaba molestando a unos clientes. Les pedía
dinero. Manolo y un asiduo del bar le sacaron de allí. El hombre la emprendió a
patadas con la puerta.
Fue cuando Cora se acercó a mí con gesto
urgente. Llevaba en la mano una botella de coñac.
—¿Te importaría salir y darle esto? —me preguntó mientras me tendía la botella—. Se marchará sin armar bronca.
—¿Lo conoces? —cuestioné
sorprendido por la petición.
—Dásela, por favor, y no me hagas preguntas.
Y pude ver al fin aquellos ojos que
escondía detrás de todos esos libros. Eran tan sinceros como la súplica
silenciosa que encerraban.
—Está bien, Cora, pero así no le haces
ningún favor. Es un pobre diablo.
Hundió de nuevo la mirada en el suelo
antes de responderme con voz dura.
—Te equivocas. Quiero que siga siendo un
pobre diablo y que esté tan borracho que no recuerde ni cómo me llamo.
©
Luisa Ferro

