4 de julio de 2011

Hasta septiembre



La frase correcta para despedirnos hasta septiembre sería: «Cerrado por trabajo estival». Porque la verdad es que no me moveré de Madrid (quitando alguna escapada de fin de semana).
       Pasaré las vacaciones trabajando en mi última novela. Calculo que me quedan entre 150 a 200 páginas para terminarla, pero la documentación es ardua y, aunque tengo ya casi toda la que preciso, hay datos todavía por contrastar. No trabajo con un mapa detallado del recorrido de la historia. Ya he dicho muchas veces que soy de brújula. Muchos dirían que «mal hecho», pero funciono así. Suelo tener la trama apuntalada: inicio, parte del nudo, algo del desenlace. Luego, queda lo peor; muchos huecos por rellenar,  escenas por concluir, limar las aristas que surgen en el camino, y un largo etcétera de imprevistos a los que hay que sumar la corrección íntegra. No escribo linealmente casi nunca. Mi proceso de escritura es más bien caótico, pero perfectamente ordenado dentro de mi cabeza. Avanzo a base de pálpitos y luego los pulo para darles cordura. En mi caso, puedo aseguraros que las mejores ideas no surgen del orden y la premeditación. No hago escaletas de mis personajes, no pienso de antemano de qué color tendrán los ojos ni si son altos o bajos, los dejó respirar bajo la lechosa piel del papel hasta que se definen por sí mismos y comienzan a dejarse ver. Ellos eligen. Se asoman al umbral de mi patio, por la puerta de la cocina, y deciden si entran para quedarse o sólo me hacen la visita del médico. Entonces unos hablan alto y claro, y otros me susurran al oído porque son más tímidos. Mi brújula es la intuición. Eso conlleva tener a las musas a jornada completa, cosa que saben y tienen asumido. Cobrarán poco y currarán mucho. A cambio  yo les enseñaré a restaurar muebles antiguos en las horas bajas. Que las habrá.   
      Sé que el pequeño Anguila, el golfillo de nueve años que acaba de llegar como un remolino de aire fresco, ha venido para quedarse. Lo sé porque ha traído la maleta de cartón que le ha «pedido prestada» a la vieja madame Crusoe, y viene repeinado de brillantina, con la raya al lado. Huele a Heno de Pravia con un leve toque a suburbio sin domesticar. No está solo, le acompañan un sinfín de personajes a los que tendré que acomodar en ésta, mi bendita casa sin aire acondicionado, a la que yo llamo Casa de Pájaros y Almas.
     Esto no supondrá para mí un gran sacrificio. Sé que me esperan grandes momentos. Más buenos que malos. Además, soy muy alérgica y mi piel (como la de un vampiro) no soporta el sol, ni la sal del mar, ni el cloro de las piscinas, ni la hierba, ni las grandes extensiones de vegetación… Me queda el ladrillo, el asfalto, el ozono que desprende la acera cuando la mojan, (poco, que también me mata) y las luces de neón.

Bueno, pues nos vemos en septiembre, ya aumentada la familia, y con muchas ganas de que mi libro respire, pero esta vez entre vuestras manos. Espero que apuesten por mí. No me rindo. Soy más persistente que mi puñetera alergia. 

 
Un besazo a tod@s.