6 de febrero de 2010

RELATOS PERTURBADORES




MICROSEGUNDO



A veces, no hay explicación posible, no una palpable, táctil y realmente manifiesta, para aclarar lo no resolutivo, lo extraño de los acontecimientos en un momento dado, en un espacio-tiempo, en un microsegundo ínfimo y volátil.


Aquella tarde, más noche que día, cuando las farolas de la avenida comenzaban a ser prendidas y apenas dan las cinco y media con su clavo en el reloj de la torre, tenía por costumbre liarme un cigarrillo en el callejón de atrás del café. Siempre salía abrigado cuando el frío diciembre arreciaba en los aleros de los tejados y hasta el aliento cristianizaba. Solía sentarme en las cajas de madera y apaciguaba el hormigueo de mi mente recitando a Bécquer. Por unos minutos dejaba de escuchar el bullicio del café, la maledicencia del encargado y los constantes reclamos de los clientes estirados. Mas, los versos no acudían a mis labios. Aquella tarde, no sé que hados la oscurecían que hasta el callejón en penumbras se llenó de una niebla espesa que se masticaba y los gatos no reclamaban a mis pies con sus restriegas constantes un poco de comida. Me extrañó sobre manera que la mujer del segundo no echara el balde de agua sucia que acostumbraba a arrojar cada día a esa misma hora y que los golfillos del tercero no acudieran a su cita con el humo como cada tarde, dando feroces caladas a la colilla marchita de mi cigarrillo. Nada era lo habitual y menos, cuando yo mismo apague la pava con la suela de mi zapato y extrañado volví a entrar en el café con un regusto amortiguado en la boca a herrumbre y azufre, nuevo a mi paladar. Me quité el abrigo y lo colgué del perchero y ya entonces el silencio absoluto golpeó mis sentidos. Ni música, ni ruido de platos, ni la cafetera silbando. Extraño, cuanto menos absurdo, no notar la presencia en mi nuca del gordo del encargado metiéndome prisas. Y fue en ese mismo instante, cuando observé con otros ojos mi entorno. Ojos oscuros, de animal, de fiera. Miré por encima del hombro el escote infinito de Doña Clementina y arrimé mis labios hasta su garganta, olfateé su perfume embriagador, y sin poner remedio le lamí deleitándome del tacto en mi lengua áspera. Contra todo pronóstico, la dama ni se inmutó, siguió degustando su café a pequeños sorbos. Comencé entonces a vagar por el salón como en una pesadilla. Estaban allí. Los mismos. Los clientes con su rostro de piedra esculpida y sus falsas risillas de satisfacción. Y sabía a ciencia cierta que la música seguía sonando a pesar de no escucharla, la sentía en las paredes con las palmas de las manos. Clamé a voz en grito un poco de cordura, mi garganta vomitó un grito de espanto, cobarde y sordo, pero todo siguió igual, inmutable. Comencé a zarandear a los clientes, al encargado y hasta al viejo que vendía el tabaco, pero no obtuve resultados. Me detuve como si mis pies fuesen de plomo, paso a paso cual buceador, fui desplazándome con la lentitud de un caracol, como si un hilo invisible arrastrara mi cuerpo grávido y no se qué terrible fuerza me remolcó hasta las paredes macilentas del local y trepé por ellas como una araña hasta colocarme en el centro del techo. Lenta, pesadamente, observé a la gente del revés y sus movimientos se volvieron acelerados, rápidos, estrepitosos. Entraban y salían a tal velocidad, que llegaron a ser una fugaz mancha envuelta en un halo de evanescencia sin fin. Me llevé las manos a la cabeza y cerré los ojos fuertemente, rezando por despertar, sentí descolgarse mi cuerpo boca a bajo y caer como los gatos en el suelo del café. Salí a la avenida y corrí con todas mis fuerzas gritando como alma que lleva el diablo. Mi loca carrera me llevó hasta los pies de la torre del reloj y con los ojos vidriosos y turbios de sin razón, los elevé al cielo en su súplica silenciosa y entonces, sólo entonces, vi las manecillas del reloj. Las cinco y media. Todo se volvió negro.


¡Señor! ¡Señor! escuché al fin ¿Se encuentra bien?

Sentí como me daban unos golpecitos en el rostro y como a mis pupilas les volvía la luz. Me incorporé y comprobé con certeza palpable que me encontraba en el callejón del bar, tirado en el suelo helado y con el gabán puesto, y como los golfillos del tercero se alejaban de mí dando sonoras caladas a mi cigarrillo medio apagado.

A veces no hay explicación posible, no una palpable, táctil y realmente manifiesta…



Copyright: Luisa Fernández

Foto extraída de Internet.