6 de mayo de 2013

De cuentos policiacos...



Hola a tod@s.
Hace un par de semanas hablábamos sobre cuentos policiacos en una de las reuniones de Mesa de Escritores. Resultó una clase interesante a la par que divertida. Soy una asidua lectora de novelas que llevan la etiqueta de misterio o suspense. Sí, no son puramente policiacas. Tienen notables diferencias. Yo agradezco que me presenten el entorno del protagonista y de su vida. Tal vez este gusto mío se deba a mi predilección por las novelas de suspense norteamericanas. Patricia Highsmith, Robin Cook,  Patricia Cornwell  y Mary Higgins Clark, esta última de mis favoritas. Me gusta sumergirme en historias oscuras y ser testigo de los pasos que da cualquier detective privado, policía o aficionado accidental tras las huellas del asesino. No hay nada como leer una buena historia de las que tengan enjundia. Sobresaliente en trama y perfectamente documentada hasta en los detalles más escabrosos de la medicina forense. Que me sorprenda y, sobre todo, que sea inteligente. Esto último no tiene precio. Casi todos mis compis coincidieron en que escribir una historia policiaca era muy difícil. Más todavía si lo que se busca es brevedad. Ni qué decir tiene que estuve de acuerdo con ellos. Aun así, hay que darle a la tecla y experimentar. Es toda una gozada intentarlo y aprender de los errores.
Para entrar en situación nada mejor que el estribillo de una canción popular estadounidense.  
«Lizzie Borden cogió un hacha y dio cuarenta hachazos a su madre; cuando vio lo que había hecho le dio cuarenta y uno a su padre.»
Que lo disfrutéis.  


Asesinato en las Villas

Anochecía en las Villas. El inspector Gómez se acercó a la parte trasera de la casa. De fondo, las sirenas silenciadas de los coches patrulla teñían de un azul intermitente los setos del jardín. Dio varias caladas profundas a un cigarrillo antes de atravesar el umbral. Escrutó con gesto experto el agujero que lucía el cristal de la puerta y tiró la colilla a los parterres. Dentro, el olor oscuro de la muerte le hizo torcer el gesto. Una silueta de tiza recortaba la posición exacta del cadáver. Medio metro más allá, la del arma: un cuchillo. Había una gran mancha de sangre coagulada sobre el piso. Una mujer mayor, consumida y diminuta, estaba sentada en un taburete en actitud alerta. A su lado, su hijo, un disminuido psíquico en silla de ruedas. Gómez recogió el informe a uno de los agentes. Después de leerlo, interrogó a la mujer.
Bien, señora García. Aquí dice que es usted la asistenta y que vivían con la víctima...
Ella asintió con vehemencia.
—… que no oyeron ni vieron nada durante la noche prosiguió.
Sí, sí señor. Ya se lo dije a la jueza. Verá, mi hijo no puede caminar y tiene las manos completamente inútiles. Tengo que hacérselo todo. Cuando llega la noche le doy una de esas pastillas para dormir. Yo caigo rendida nada más rozar la almohada. No. No escuchamos nada.  
Gómez miró con hondura a la mujer. Sus ojeras, su gesto fatigado. Después, al hombre de la silla de ruedas. Sus ojos vacíos, la baba corriéndole por las comisuras, sus manos. Le parecieron pequeños esquejes amorfos, ramas secas que no dejaban de temblar, como si estuviesen aferrando el aire, matando moscas imaginarias.
Negó al aire en un gesto de misericordia.  
Está bien, señora García. Hemos terminado. No olvide que tendrá que personarse en comisaría mañana para firmar la declaración.

La mujer, tras despedirse y cerrar la puerta, se asomó a la ventana y esperó a que se alejaran los coches patrulla. Se acercó a su hijo y, mirándole las manos con fijeza, en voz muy baja, dijo:
Y, ahora, quiero que os estéis quietecitas de una puñetera vez.



© Luisa Fernández