12 de febrero de 2013

La soledad del escritor


Hola a tod@s.

Hoy os traigo un relato que he escrito para un ejercicio que propuso el grupo literario Mesa de Escritores en una de sus reuniones de los viernes. Andaba pelín atrasada con los «deberes» del taller. Me parece de justicia decir que el noventa por ciento de los cuentos y micros que he ido colgando en Tierras de Alquimia, pertenecen a esos ejercicios semanales. Y quiero seguir aportando mi granito de arena a esta tarea que venimos haciendo desde hace ya... cuatro o cinco años. 



La soledad del escritor

Qué gramour ni qué… A mí las musas me pillan en chándal y deportivas. Con la cara lavada y el pelo recogido en un moñete.
Vivo en un cuchitril, justo encima de un restaurante chino. Escribo en un portátil que está en las últimas, rodeada de los sonidos y los olores de una casa recién levantada y la peste a rollo de primavera que expele el restaurante en cuestión, que no cierra los ojos ni durmiendo. La casa, nada más despertarse, goza de un excelente mal humor. Gruñe, se queja, le apetece una ducha como a todo hijo de vecino. Pero después de un eterno soliloquio donde le explico mis dramáticas razones para no hacerle ni puñetero caso, terminamos entendiéndonos. Rezonga, deja caer un par de azulejos del baño, y nos ignoramos la una a la otra como un matrimonio bien avenido.
Y sí, no lo negaré. Mantengo un excelente diálogo con mis musas. A veces desearía que tuvieran el cuerpo escultural de un bombero y me ampararan como a Santa Teresa, en éxtasis, con los ojos vueltos del revés. Pero no. Habrá que conformarse y dar gracias porque no se lancen en plancha sobre el sofá para ver los deportes o dejen el frigo vacío y sin cervezas.
Así son las cosas.
Mi portátil y yo hemos visto muchos amaneceres juntos. El cielo de mi barrio es una prolongación del de Madrid. Muy evocador… Sobre todo en primavera. En nada que brilla el sol y brotan las flores de los tiestos, se abre la veda del botellón. ¡Temblando estoy! La madrugada es un ir y venir del chino al descampado que hay detrás de mi bloque. Guitarras, cánticos, hogueras inmensas donde queman muebles viejos... Vaya, que apenas has cerrado los ojos suena el despertador. ¿Ya son las siete? Y arrastras tus pies hasta la ducha bendita a ver si te despejas. Dolor de cabeza, lengua de estropajo… ¿tengo resaca sin dar un trago? ¿Y dónde está mi pedete lúcido? Vete a pedir cuentas al maestro armero. Luego dicen de los fumadores pasivos… Ibuprofeno y chutando. ¡Voy a terminar con el hígado hecho una breva!
Bueno, pero todavía no es primavera ni verano. Respiremos hondo. Voy a terminar el capítulo que me trae por la calle de la amargura. Concentración, mujer, que no se diga.
Y allá voy: dedos en el teclado, voz del narrador en mi cabeza y… televisión encendida a todo trapo, perro ladrando, teléfono… ¿Lo cojo o no lo cojo?... Vecina que llama a mi puerta… Un tocapelotas… Otro tocapelotas… Un montón de chinos discutiendo… Radial a todo meter… Martillo pilón… Bebé que no deja de llorar… Las once; recreo… marabunta de nenes rabiosos perdidos… una pelotita… un balón… cuatro balones… ¡¡Herodes!! Y para más inri, las puñeteras de mis musas cantan a coro: «A la lima y al limón, te vas a quedar soltera…»
¡Esto es la rue del Percebe!
¡Patricia Highsmith! Yo te invoco. Dime el nombre de aquel instituto donde podías pedir plaza y te daban cama, tres comidas diarias y soledad. ¿Dónde está ese instituto? Seguro que se han hecho con él los chinos para abrir un mercachina.
¿Alguien dijo algo sobre la soledad del escritor? ¿Qué soledad? ¿Quién es esa?


© Luisa Fernández