2 de marzo de 2011

LA SALA DE ESPERA


La sala de la consulta estaba abarrotada de pacientes. La recién llegada se sentó en el único asiento disponible; entre una mujer de piernas interminables y melena rubia y un hombre corpulento que masticaba grandes puñados de cacahuetes. La rubia la miró por el rabillo del ojo mientras disimulaba leer una novela de misterio. En realidad, se deleitaba imaginando qué sentiría al rozar su blanca piel; qué descubriría al mordisquear el lóbulo de su oreja, descender con la lengua hasta la tibieza tentadora del hueco de los senos y el sabor de esa carne que intuía exquisita.

Al hombre grueso no le pasó inadvertida la lascivia de la oxigenada. Lanzó un gruñido de asco que se confundió con el crujido de sus muelas al masticar. Para él sólo existía un placer en la Tierra y no era, precisamente, la carne humana. Prefería la de cualquier otro animal. Crujiente, untuosa, que se deshiciera en la boca mordisco a mordisco, haciendo estallar sus papilas gustativas. Cuando metió la mano en la bolsa, con los ojos extraviados de éxtasis, comprobó que sólo quedaban unos resquicios de sal. La ahuecó y depositó el contenido en la lengua. Sus pensamientos pasaron a enumerar cuántos bolsillos del chaquetón le quedaban sin registrar.

La ocupante de la silla de en medio miró a ambos flancos. Se detuvo en su inmediata femenina. Realizó un tanteo de miradas huidizas para luego deslizar su vista por sus largas piernas. Medias de nylon negras. Al llegar a sus zapatos de tafilete emitió un suspiro torturador, casi imperceptible. Después, observó el rostro del hombre salpicado de restos de sal, hizo un barrido por su notable corpulencia, y se escurrió hasta los pies. Zapatos italianos de alta calidad. Cuero suave y metamórfico. Especial para pies anchos. Su rostro se descompuso en una mueca desmayada y dejó escapar un gritito de placer.


Copyright: Luisa Fernández


Foto sacada de Internet.