1 de febrero de 2011

RELATOS PERTURBADORES: LA CASA NUEVA




La pequeña Lucía no se acostumbraba a los amplios espacios de la casa nueva, prefería la de su abuela y su pequeño mirador que daba a la plaza del pueblo. Tampoco se habituaba a la cuna niquelada, con ese edredón de un azul desteñido por el uso; cinco dueños había tenido y el sexto ya reclamaba su pertenencia desde el seno materno. Hasta entonces, ella compartía cama con sus tres hermanas en la buhardilla. En la recién estrenada cuna se sentía como un pajarillo en un gigantesco y extraño nido. Y para nada le gustaba la ciudad, ni su anciana vecina del primero izquierda, por mucho que le hubiese regalado todos aquellos juguetes de cuando sus hijos eran pequeños. Había algo en aquella mujer que le daba escalofríos. Tal vez fuera la verruga con pelos que tenía en la barbilla o que le olía el aliento a pescado.


Definitivamente no le agradaban las holguras que notaba a los lados del colchón, ni la frialdad de los barrotes de hierro. Tampoco le gustaba la oscuridad. Ni el armario. Tenía ojos. Eran enormes y profundos.


A la hora de dormir, su hermana mayor le daba las buenas noches con un besito en la frente y a Katy, su muñeca preferida, de suave algodón y pelo de lana, y apagaba la luz. Era cuando el miedo movía su mundo. Pero no era un miedo racional hacia lo desconocido. Era un terror absoluto hacia lo oculto; lo fantasmagórico. Su corazón de quince meses se encogía cuando las sombras comenzaban a bailar. Ascendían por la pared hasta llegar a la estantería de los juguetes. Las muñecas surgían amenazantes, dispuestas a salir andando si ella dejaba de vigilarlas. Mirara donde mirase, ellas estaban allí, al acecho, esperando a que cerrara los ojos para llevársela. Por eso Lucía no dormía y por eso arrojaba a Katy a través de los barrotes, esperando que con ello, aquellas vengativas aceptaran su tributo y dejaran de hostigarla con sus crueles vocecillas. Y es que a pesar de su corta edad, Lucía sabía que las almas de los niños que se extraviaban de camino al limbo, se escondían dentro de los cuerpos de cartón piedra en busca del calor maternal que las niñas daban a sus muñecas. Y por culpa de su vecina, ahora, la casa nueva estaba llenita de Mariquitas Pérez.




Copyright: Luisa Fernández


Foto extraída de Internet.