31 de octubre de 2010

RELATOS PERTURBADORES: ESPECIAL HALLOWEEN

GIF BY PANDORA

Que la simple llama de una vela os sirva de guía al penetrar en Tierras de Alquimia. En esta noche de difuntos, donde los espíritus, las brujas y los seres de la noche salen a celebrar su noche mágica, las puertas del mundo oscuro están abiertas para todo aquel que quiera adentrarse en ellas. No llaméis, simplemente entrad y acomodaos, caminantes.

TÍA ADELINA

La luz se posa con suavidad sobre la cruz del ataúd. La madera de cedro parece llorar por la humedad condensada en sus vetas. El rostro pétreo de un ángel también llora. Ana piensa que el cementerio respira. Lo siente latir en cada piedra antigua y en las doradas leyendas de sus lápidas. Es hermoso a su manera. Pero Ana sólo tiene seis años y es demasiado pequeña para entender por qué meten esas bonitas cajas en aquellos hoyos tan profundos. Sólo le han contado que tía Adelina era ya mayor, que se quedó dormida para siempre y que a partir de ahora estaría en el cielo con los ángeles.

Ella es pequeña, sí, pero no tonta.

Tía Adelina no está en el cielo ni es un ángel del Señor.

Su vieja tía es un mal bicho como lo fue en vida. Está muy segura de ello. Lo sabe porque está mirándola desde su tumba con los ojos en blanco y una mueca maliciosa. La señala afirmando que será la próxima. Luego, con ese mismo dedo, hace el gesto de cortarse la garganta.

Sí, la tía Adelina siempre tan gráfica.

Copyright: Luisa Fernández




LOS GATOS



Los gatos poseen un sexto sentido para presentir la cercanía de la muerte. Creo que la huelen igual que a una sardina arenque envuelta en papel de estraza.

Cuando mis padres tuvieron aquel accidente de tráfico tan extraño, allí estaban; maullando encaramados a la cerca que rodea nuestra casa.

La noche anterior al suicidio de mi hermano, también. Y hoy, que contemplo el cuerpo rígido y amoratado de mi hermana, cuya mano agarra todavía el cable pelado de un enchufe, los estoy escuchando.

Y si alguien pone en duda, todavía, que los felinos tengan ese sexto sentido, yo le invitaría a que pasase una noche por el patio de atrás de mi casa. Sus maúllos son más fuertes a la luz de la luna. Es un concierto gatuno que se entremezcla con otras voces: las voces de los muertos que están enterrados en mi jardín y que reclaman justicia. Yo, desde luego, me hago la sorda, pero los vecinos ya empiezan a protestar.

Copyright: Luisa Fernández



BIDONES

Paco me dijo que sólo serían dos noches. Vigilar las escavadoras, los generadores y poco más, porque apenas habían comenzado a hacer el agujero para los cimientos de los chalecitos. Vamos, que era un hoyo en mitad del campo. El guarda los había dejado colgados por una emergencia familiar. Y bueno, no es que me hiciese gracia tener que pasar la noche en vela después de diez horas bregando con las clientas de la carnicería, pero me hacía falta el dinero. Mi jefe era un rata y no me subía el sueldo ni a tiros. Un par de noches mal durmiendo no iban a matarme. Total, ¿cuántas posibilidades había de que viniesen a robar por esos andurriales?

A las nueve atravesaba con mi moto el camino de arena que conducía al solar. Ya en la distancia pude ver las luces. Me dijeron que el encargado solía quedarse hasta tarde y que me daría las llaves de la caseta de obra por si la noche se presentaba fría. Pero allí no había nadie. Ni un alma. Es más, la puerta estaba abierta de par en par y vacía. Imaginé que no andaría muy lejos. Lo que sí encontré fueron varias linternas. Pedro me dijo que me agenciara alguna porque a las diez y media las luces estaban programadas para apagarse. Cogí una y me dispuse a echar un vistazo para ver si encontraba al encargado.

A pocos metros observé varios fosos delimitados por estacas de madera y cuerdas. Algunos ya habían sido recibidos con hormigón y se podía ver el mallazo. El viento comenzó a arreciar con tintineos metálicos. Escuché unos ruidos. Provenían de unos bidones. Eran golpes secos desde su interior. Comprobé la tapadera. Estaba sellada de fábrica. Pegué un manotazo al metal. Cuatro golpes resonaron a modo de respuesta. Aquello no tenía ningún sentido. Volví a golpearlo, pero esta vez con el pie. La respuesta no se hizo esperar. Di unos pasos hacia atrás. ¿Qué coño había allí dentro?

De repente, todo se quedó a oscuras. No podían ser las diez y media todavía. Encendí la linterna y dirigí el potente haz en dirección al generador. Alguien estaba manipulándolo. Un hombre vestido con un mono azul. Por fin aparecía el encargado. Le llamé y se dio la vuelta.

Y juro que se me helaron hasta los pensamientos. Aquel no podía ser el encargado. Di más potencia a la linterna. Iluminó un rostro monstruoso. No tenía ojos. Sus cuencas eran un agujero infinito y la piel que las rodeaba; una amalgama de venas extirpadas que todavía sangraban. Alguien le había arrancado los ojos. Tenía la cabeza partida por la mitad y se le veían los sesos. Comenzó a gemir echándome los brazos.

Corrí como un poseso hacia mi moto. Pocos pasos antes de llegar, me salió al encuentro otro… ¿zombi? Este no llevaba mono, pero estaba igual de demacrado y gruñía enseñándome los dientes. Le faltaba un brazo y apenas podía caminar. Lo derribé de una patada y me subí a la vespa. ¡Que le dieran por saco a Paco y al puñetero dinero! Pero con los nervios choqué contra los bidones y salí volando varios metros. El foco de la moto iluminó uno de aquellos toneles de metal. Se había abierto por el golpe.

Si tenía que ser sincero, ya no sentía ninguna curiosidad por saber qué había dentro. Me levanté de un salto y corrí, corrí sin detenerme hasta una de las carreteras del pueblo cercano. Llamé a la puerta de la primera casa que encontré. Pediría ayuda.

Una mano ensangrentada atravesó la hoja, dándome la bienvenida.




Copyright: Luisa Fernández

Fotografías extraída de Internet