Espero que paséis unas
estupendas Fiestas y que el año que está por llegar sea algo más benévolo con
tod@s. Olvidaos de los problemas por unos días y disfrutad en compañía de los
vuestros.
Yo me tomaré el descanso
navideño habitual. Pero eso sí, os dejo un regalito. Un cuento de Navidad por
si os apetece leer en estas mini vacaciones. Espero que os guste.
Nos leemos en enero. Un besazo.
No
escupas al cielo, niña. Santa Claus lo ve todo.
Mell
enfiló el terraplén hasta llegar a la carretera principal. Desde allí, bordeando
el arcén, solo le separaban unas pocas millas de los primeros edificios del
barrio. Llevaba los tacones de aguja en una mano y el corsé en la otra. El
único corchete de la chaquetilla de peluche apenas le tapaba los pechos
desnudos. Tenía frío y estaba deseando llegar a casa.
El sonido de un claxon le hizo dar un respingo. Iba a
contramano y ni siquiera había reparado en ello. El Chevrolet frenó al llegar a
su altura.
—¿Necesita un chófer, señorita? —le preguntó el
conductor, un tipo vestido de Santa Claus.
—No, gracias. Vivo ahí mismo —Señaló los lejanos
bloques de hormigón.
Santa la miró de arriba abajo por encima de sus
redondas lentes y enarcó una ceja.
—Creo que ha tenido usted una mala noche...
—Sí, me temo que no ha sido muy buena —sonrió con
desgana—. El Grinch se escurrió de un tejado y se me cayó encima. Me ha dejado
hecha unos zorros.
—Permítame que le acerque a casa. Una carretera
desierta no es el mejor lugar para una chica tan guapa. Hay mucho hijo de mala
madre por ahí. Además, está comenzando a nevar.
Ella volvió a rechazar su ofrecimiento, pero
aquel vejete tan amable no se dio por vencido. Salió del coche y sacó una manta
del asiento de atrás. Se la ofreció con insistencia. Tanta, que no pudo impedir
que se la echara por encima, tapándole la cabeza, y le propinara un contundente campanazo.
«¡Jou-jou-jouuuu!» Aulló feliz el bueno de
Santa al tiempo que introducía a Mell en el maletero.
Los tacones de aguja y el corsé se quedaron en
el arcén, mientras en su abotargada cabeza se agolpaban los recuerdos fugaces
de las últimas horas de su vida.
¡Qué
diablos! Podía ser divertido montárselo con Jimmy disfrazado de Papá Noel. En
cuanto acabara su turno iría con él hasta la parte de atrás y lo harían en el
capó de algún coche elegante. Seguro que le regalaría aquel anillo de compromiso
que había visto en Tiffany y al fin abandonaría a su mujer. Fantasear un poco no
estaba nada mal después de la perra semana que había tenido. Frank, su encargado,
le estuvo dando el coñazo sobre aquello de ser un poco más simpática con
algunos clientes. «Un poco de escote no va a matarte, Mell. Tienes
un canalillo precioso. Y un par de pellizcos en ese culete respingón, tampoco
te matarán. No seas tan estirada, niña. Es Navidad.» Niña… El muy canalla sabía cómo adular a
una mujer madura. Y, bueno, tenía razón dado el record de propinas que había
conseguido. Estaba segura de que nada tenía que ver con el espíritu navideño ni
tampoco con el ponche que regalaba el Boomerang
Dinners. El corsé y los short le sentaban de muerte y las astas de reno
luminosas daban el toque navideño perfecto. Los tacones de aguja y las medias
negras con costura también ayudaron. Le dolían los pies a rabiar, pero tiempo
tendría de ponerlos en alto. Hasta Frank le concedió un día libre. Ya se vería
si aquella generosidad no terminaba con el pago de una mamada en los lavabos.
Se quitó el delantal y se puso la chaquetilla de
pelo antes de salir. Se dejó puestas las astas de reno. Jimmy ya estaría en los
aparcamientos.
Pero todas sus ilusiones se esfumaron en cuanto
el jodido Jimmy le puso las manos encima. Eso era todo lo que tenía: un novio
casado y alcohólico, que apenas conseguía echar un mal polvo. La mitad de las
veces no lograba una erección aceptable y la otra mitad se iba por las pencas
en dos minutos. Esta vez, apenas sí consiguió atinar a la cuarta o quinta
intentona. Un par de penosas embestidas después, el muy imbécil le había
vomitado en el escote. Adiós al corsé en el que invirtió seis meses de propinas.
¿En serio aquel energúmeno le había echado la pota encima? No podía creerlo. Sacudió
las manos empapadas de vómito y de un empujón, se quitó de encima a Jimmy. ¡Valiente
Papá Noel estaba hecho! Enfiló a la parte de atrás donde estaban los servicios
públicos.
—¿Dónde vas, preciosa? —le espetó él con voz
gangosa—. Todavía no he terminado… ¿No vas a darme una segunda oportunidad…?
Mell le hizo un corte de manga y prosiguió hacia
los lavabos. Antes de abrir la puerta, miró por última vez a Jimmy para
gritarle: «Eres un
cabrón y un hijo de puta. Me prometiste que sería divertido.» Él estaba
demasiado entretenido para contestar. Intentaba subirse torpemente los
pantalones, pero no lo conseguía. Resultaba difícil sin antes tirar de los
calzones de franela que llevaba para combatir el frío. Se le habían arrebujado
de mala manera en mitad de los muslos y daba vueltas como un perro que
intentara morderse el rabo. Tenía las
nalgas más rojas que aquel disfraz de segunda mano y la minga, a esas alturas,
era apenas un minúsculo colgajo.
¿Eso era todo lo que le esperaba en la vida? ¿Un
patético borracho? Se dirigió al lavabo y abrió el grifo. Se desabrochó el
corsé mientras miraba sus pechos adornados de trozos de salami. Sus erguidos
pezones le devolvieron una mirada estrábica. ¡Hasta para operárselos había
tenido mala suerte! Uno miraba a West Willage y el otro a China Town. Nada le
había salido bien. Y ahora, encima, ella también echaba las tripas abrazada a
un mugroso váter. No le quedaba estómago para más.
Se limpió como pudo los churretones del rímel y
el carmín. El hedor a vómito era insufrible y encima el papel del expendedor se
había terminado.
—Eres un mierda, Jimmy… Un puto mierda… Me prometiste una noche única…
Se dejó caer de rodillas en el suelo y lloró
hasta que ya no le quedaron lágrimas.
Cuando salió del servicio, no había ni rastro de Jimmy.
Intuyó que estaría en el Boomerang
Dinners reponiendo combustible. ¡Pues eso sí que no! No iba a cargar con él
toda la jodida noche. Que lo aguantara la estúpida de su mujer. ¡Se lo regalaba
para siempre! Decidió que se marcharía sin que la viera y enfiló el terraplén
hasta llegar a la carretera principal…
©
Luisa Ferro

