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17 de junio de 2013

El «reto» Chéjov



 Hola a tod@s.

Hoy os acerco un relato policiaco que he escrito para el «reto» de Lola Otálora. Una amiga que me ofreció participar por Facebook para animar a otros escritores a lanzarse a la aventura de crear una historia sobre la figura de «el perdedor». Para ello, nos sugirió que partiéramos de la conocida anécdota que Chéjov escribió en su cuaderno de notas: «Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida». Naturalmente admitía variantes.

Este es el resultado. Espero que os guste. Gracias, Lola, por animarme a ello. A pesar de no disponer de apenas tiempo (ando muy liada para no variar), me lo he pasado genial escribiéndolo.

 






Labios de adormidera

La peste era bestial y el zumbido de las moscas insoportable. El intenso calor ayudaba a ello. Los escuadrones de la muerte son los primeros en llegar a la escena del crimen. Poseen una alarma para detectar a los fiambres. Tras equiparnos y rechazar la mascarilla que me ofrecía Estrada, entramos a la vivienda. Nos sorprendimos por la cantidad de billetes de quinientos euros esparcidos por el suelo; un sendero que recorría el largo pasillo de entrada hasta el estudio de pintura. Terminaba en una montaña humana bañada de malvas. El cadáver se había quedado de rodillas, vencido sobre su lado derecho. Estaba desnudo. Presentaba una herida transversal en el abdomen y otra en vertical hacia el esternón. El sable corto yacía junto a su mano izquierda. Aquel metal era el único testigo del lugar de los hechos; el causante de dos palmos de tajo y del charco de sangre que nos esforzábamos en no pisar. Sobre su superficie flotaban pétalos marchitos y fichas del casino. Parte de los intestinos reposaban en la bandeja que el finado sujetaba entre las rodillas. Me pareció inconcebible teniendo en cuenta su larga agonía antes de morir. Costaba creer que un ser humano conservara la compostura en tales circunstancias sin apenas moverse.
—¿Quién coño se suicida después de ganar un montón de pasta? —arguyó Estrada.  
Ordoñez, el experto en simbología, se apresuró a mostrarme un billete. En ambas caras pude leer: «Ella es mi dueña». 
No era la única frase que se repetía hasta la extenuación, había versos escritos por las paredes, en el suelo, en el techo: «Y amar es herir, es trasnochar en tu herida y humedecer con la sangre mis labios de adormidera.»
La prueba con luminol dio positivo.  
Procedí al examen del cadáver.