Hola a tod@s.
Hoy os acerco un relato policiaco que he
escrito para el «reto» de Lola Otálora.
Una amiga que me ofreció participar por Facebook para animar a otros escritores
a lanzarse a la aventura de crear una historia sobre la figura de «el perdedor».
Para ello, nos sugirió que partiéramos
de la conocida anécdota que Chéjov escribió en su cuaderno de notas: «Un hombre, en Montecarlo, va al casino,
gana un millón, vuelve a casa, se suicida». Naturalmente admitía variantes.
Este es el
resultado. Espero que os guste. Gracias, Lola, por animarme a ello. A pesar de
no disponer de apenas tiempo (ando muy liada para no variar), me lo he pasado
genial escribiéndolo.
Labios
de adormidera
La peste era bestial y el zumbido de las
moscas insoportable. El intenso calor ayudaba a ello. Los escuadrones de la
muerte son los primeros en llegar a la escena del crimen. Poseen una alarma
para detectar a los fiambres. Tras equiparnos y rechazar la mascarilla que me
ofrecía Estrada, entramos a la vivienda. Nos sorprendimos por la cantidad de
billetes de quinientos euros esparcidos por el suelo; un sendero que recorría
el largo pasillo de entrada hasta el estudio de pintura. Terminaba en una
montaña humana bañada de malvas. El cadáver se había quedado de rodillas, vencido
sobre su lado derecho. Estaba desnudo. Presentaba una herida transversal en el
abdomen y otra en vertical hacia el esternón. El sable corto yacía junto a su
mano izquierda. Aquel metal era el único testigo del lugar de los hechos; el
causante de dos palmos de tajo y del charco de sangre que nos esforzábamos en
no pisar. Sobre su superficie flotaban pétalos marchitos y fichas del casino.
Parte de los intestinos reposaban en la bandeja que el finado sujetaba entre
las rodillas. Me pareció inconcebible teniendo en cuenta su larga agonía antes
de morir. Costaba creer que un ser humano conservara la compostura en tales
circunstancias sin apenas moverse.
—¿Quién coño
se suicida después de ganar un montón de pasta? —arguyó Estrada.
Ordoñez, el experto en
simbología, se apresuró a mostrarme un billete. En ambas caras pude leer: «Ella
es mi dueña».
No era la única frase que se
repetía hasta la extenuación, había versos escritos por las paredes, en el
suelo, en el techo: «Y amar es herir, es trasnochar en tu herida y
humedecer con la sangre mis labios de adormidera.»
La prueba con luminol dio positivo.
Procedí al examen del
cadáver.
