Hola a tod@s.
Como cada año, y aunque me haga
de rogar hasta que las sombras se adueñan de todo por aquello de crear cierta
atmosfera, os traigo mi especial Halloween. Se trata de una recopilación de mis
relatos perturbadores. Esos que sé que a algunos os gusta leer cobijados bajo
una mantita y a la luz de una vela. Las chuches son optativas. Espero que
refresque cuando avance la noche por aquello de la mantita. Un poco de humor no
va a mataros. Pero ojo, puede que algunos de los objetos o seres de dos piernas
que hoy os muestro aquí, sí. Quedáis avisados, caminantes.
Encended
las velas de vuestras calabazas y compartid conmigo esta noche mágica donde
duendes y diablos, brujas y fantasmas deambulan buscando la compañía de los
vivos.
La casa nueva
La
pequeña Lucía no se acostumbraba a los amplios espacios de la casa nueva,
prefería la de su abuela y su pequeño mirador que daba a la plaza del pueblo.
Tampoco le gustaba la cuna niquelada ni ese edredón de un azul desvaído por el
uso; cinco dueños había tenido y el sexto reclamaba ya su pertenencia desde el
seno materno. Hasta entonces, ella compartía cama con sus tres hermanas en la
buhardilla. En aquella cuna se sentía como un pajarillo en un gigantesco nido.
Y para nada le convencía la ciudad, ni su anciana vecina del primero izquierda,
por mucho que le hubiese regalado todos los juguetes de cuando sus hijos eran
pequeños. Había algo en esa mujer que le daba escalofríos. Tal vez fuera la
verruga con pelos que tenía en la barbilla o que le olía el aliento a pescado.
No. No le agradaban las holguras que notaba a los lados del colchón, ni la frialdad de los barrotes de hierro. Tampoco le gustaba la oscuridad. Ni el armario. Tenía ojos. Eran enormes y profundos.
No. No le agradaban las holguras que notaba a los lados del colchón, ni la frialdad de los barrotes de hierro. Tampoco le gustaba la oscuridad. Ni el armario. Tenía ojos. Eran enormes y profundos.
A la hora de dormir, su hermana mayor le daba
las buenas noches con un besito en la frente y le entregaba a Katy, su muñeca
preferida, de suave algodón y pelo de lana. Luego apagaba la luz. Era cuando el
miedo movía su mundo. Pero no era un miedo racional hacia lo desconocido. Era
un terror absoluto hacia lo oculto; lo fantasmagórico. Su corazón de quince
meses se encogía cuando las sombras comenzaban a bailar. Ascendían por la pared
hasta llegar a la estantería de los juguetes. Las muñecas murmuraban
amenazantes, dispuestas a salir andando si ella dejaba de vigilarlas. Mirara
donde mirase, ellas estaban allí, al acecho, aguardando a que cerrara los ojos
para llevársela. Por eso Lucía no dormía y por eso arrojaba a Katy a través de
los barrotes. Esperaba que así aquellas vengativas aceptaran su tributo y
dejaran de hostigarla con sus crueles vocecillas.
Y es que a pesar de su corta edad, Lucía sabía
que las almas de los niños que se perdían de camino al limbo, solían esconderse
dentro de los cuerpos de cartón piedra en busca del calor maternal que las
niñas daban a sus muñecas. Y por culpa de su vecina, ahora, la casa nueva
estaba llenita de Mariquitas Pérez.
® Luisa Ferro
Gatos
Los
gatos poseen un sexto sentido para presentir la cercanía de la muerte. Creo que
la huelen igual que a una sardina arenque envuelta en papel de estraza.
Cuando mis padres tuvieron aquel accidente de
tráfico tan extraño, allí estaban; maullando encaramados a la cerca que rodea
nuestra casa.
La noche anterior al suicidio de mi hermano,
también. Y hoy, que contemplo el cuerpo rígido y amoratado de mi hermana, cuya
mano agarra todavía el cable pelado de un enchufe, los estoy escuchando.
Y si alguien todavía pone en duda que los
felinos tengan ese sexto sentido, yo le invitaría a que pasase una noche por el
patio de atrás de mi casa. Sus maúllos son más fuertes a la luz de la luna. Es
un concierto gatuno que se entremezcla con otras voces: las voces de los
muertos que están enterrados en mi jardín y que reclaman justicia. Yo, desde
luego, me hago la sorda, pero los vecinos ya empiezan a protestar.
®
Luisa Ferro
El agujero
Los
padres de Ana se habían divorciado. A partir de ahora ella viviría con mamá.
Se han mudado a una casita baja en las afueras.
Es pequeña, antigua, con vallas metálicas y un jardín. También tiene un
columpio y un minúsculo estanque donde malviven algunos peces de colores.
A Ana le entusiasma la casa, su barrio y las
nuevas amiguitas del colegio. Lo único que no acaba de gustarle es el agujero
que hay en el techo de su habitación. Es un boquete sin fondo que supura babas
de moho y apesta a pozo negro. Tampoco le gusta el niño que sale de allí en
cuanto su madre le da las buenas noches y apaga la luz. Tiene los ojos de
cuervo furioso, la piel cubierta de úlceras con gusanos y una boca descomunal.
Es rápido, serpentea por las paredes a la velocidad de un parpadeo.
Ana quiere contárselo a mamá, pero bastante
tiene ella con ese señor tan raro que la obliga a gritar, gemir y revolcarse entre
las sábanas noche tras noche.
Y es que el agujero del techo de la habitación
de mamá es el doble de grande que el de la suya.
® Luisa Ferro


