Esta es una celebración de Todos los Santos muy especial para mí. Mi relato Trece latidos en la noche, es finalista en el Certamen Literario Domingo Santos. Un premio de prestigio dentro del género de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, con veinte años de andadura. El ganador se sabrá en la cena de gala de la Hispacón.
Hasta entonces sólo queda morderse las uñas. Aunque os digo una cosa, haber sido nominada es todo un logro para mí. Es un honor.
Felicidades a todos los finalistas y muchas gracias al jurado. Podéis ver la lista aquí.
Dicho esto, ahora sí. Os invito a pasar a mi humilde morada y a dejaros tentar por esta no menos humilde narradora. Acomodaos y elegir el tipo de terror que queréis sentir en las carnes esta noche mágica. Hay para todos los gustos.
El agujero
Los padres de Ana se habían divorciado. A partir de ahora ella viviría con mamá.
Se han mudado a una casita baja en las afueras. Es pequeña, antigua, con vallas metálicas y un jardín. También tiene un columpio y un minúsculo estanque donde malviven algunos peces de colores.
A Ana le entusiasma la casa, su barrio y las nuevas amiguitas del colegio. Lo único que no acaba de gustarle es el agujero que hay en el techo de su habitación. Es un boquete sin fondo que supura babas de moho y apesta a pozo negro. Tampoco le gusta el niño que sale de allí en cuanto su madre le da las buenas noches y apaga la luz. Tiene los ojos de cuervo furioso, la piel cubierta de úlceras con gusanos y una boca descomunal. Es rápido, serpentea por las paredes a la velocidad de un parpadeo.
Ana quiere contárselo a mamá, pero bastante tiene ella con ese señor tan raro que le hace gritar, gemir y revolcarse entre las sábanas noche tras noche.
Y es que el agujero del techo de la habitación de mamá es el doble de grande que el de la suya.
® Luisa Ferro
Ilustración Pandora Moondragon
Cuentan que en ese pueblo las almas de sus difuntos las guarda el enterrador de la colina. Sí, un viejo siervo de Satanás que tiene el poder de cambiar de apariencia según le convenga para servir a su amo. Dicen, además, que las tiene encerradas en el antiguo horno crematorio y que sólo las deja salir la noche de Todos los Santos, cuando en el reloj de la torre repican las campanadas de media noche y él prende el chisquero. Es entonces cuando una intensa nube de humo negro invade el camposanto y se arrastra, ladera abajo, hasta las casas de los aldeanos.
El pueblo parece respirar esa vaharada pútrida. Se expande como un gran pulmón. Entra por las rendijas de puertas y ventanas, por los estrechos tubos de respiración de las estufas y fogones para buscar dónde cobijarse.
Es el calor de un cuerpo vivo lo que la guía. El pulso caliente. El bombear de la sangre.
La niebla tiene oídos, manos tejidas de bruma fría. Es ciega, pero escucha las pulsiones de tu corazón por más que intentes esconderte. Si logras verla, sus mil rostros glaucos se introducirán en ti por las fosas nasales. Ocuparán tu cuerpo y te harán danzar alrededor de las hogueras llamando a los espectros oscuros, sus aliados.
Es un rito de sangre.
El Mundo de las Tinieblas se hará carne por una noche. Los machos cabríos fornicarán con las hembras vírgenes. Engendrarán asesinos y toda clase de bestias de dos piernas.
Es por eso, mi niña, que las noches que anteceden al día de difuntos el enterrador visita los pueblos vecinos haciéndose pasar por un vendedor de biblias. Busca víctimas, preciosas virgencitas para alimentar su horno crematorio y seguir con la promesa hecha a Belcebú.
Y ahora, a dormir, preciosa mía. Voy a abrir, creo que han llamado a la puerta.
® Luisa Ferro
El vendedor
Las carreteras secundarias son mis favoritas. Sobre todo aquellas que no están señaladas en el mapa ni en las guías. Tienen un encanto especial que sólo sabemos apreciar los viajantes que, como yo, nos pasamos media vida a lomos de un viejo utilitario con más kilómetros de los que señala la aguja trucada del salpicadero.
Soy vendedor; un buen vendedor.
Suelo llegar de noche a los pueblos de mi itinerario y los abandono antes del amanecer.
¿Y qué vendo?
Carece de importancia. Un buen vendedor no se aprecia por lo que vende; sino por cómo lo ofrece.








